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A mi hija Blanca.

Prólogo

Tras la Tercera Guerra Mundial, el mundo está sumido en un caos: menos del 1 % de los humanos ha sobrevivido e intentan reagruparse. Al problema de obtener comida y agua no contaminada se suma la amenaza de violentos robots, cuyo único propósito no es otro que exterminar por completo al hombre en la Tierra. Pero quizá el mayor peligro es que el planeta está roto: cada pocos días se agrieta un poco más, amenazando con engullir todo cuanto esté en la superficie.

Solo

Un pequeño ruido fue lo que me despertó; abrí los ojos tras varios intentos, ya que el sol, muy alto, me deslumbraba con fuerza. Volví a escuchar aquel sonido y, dolorido, miré hacia mi derecha: un roedor parecía entretenerse mordisqueando una rama seca. Me miró unos segundos y rápidamente se ocultó entre la maleza.

Me puse en pie con lentitud y, al hacerlo, pude atisbar que eran varias las zonas de mi cuerpo que estaban maltrechas por la caída; nada grave. Observé el saliente de roca: unos cuatro metros de altura. Había tenido suerte, ya que podría haberme herido mucho más. Me toqué la parte posterior de la cabeza y noté un pequeño bulto. Tenía sangre seca y una brecha no muy grande, por lo que decidí no darle importancia: se cerraría sola sin necesidad de puntos de sutura. Sacudí el polvo del pantalón y me quité la chaqueta y comprobé que no estaba rota, pero sí el forro algo manchado; volví a ponérmela. Noté entonces un intenso dolor en el hombro derecho.

Me acerqué al acantilado y un fuerte viento me golpeó de frente; a punto estuve de caer de espaldas, débil como me encontraba. Desde esa altura pude ver la inmensidad del páramo y el cielo de un azul apagado, con esa extraña tonalidad que lo caracterizaba tras la última gran guerra. Podía contemplar con claridad la ciudad, muy pequeña desde aquella distancia que podría rondar los treinta kilómetros.

Con cuidado, me acerqué un poco más al saliente y miré hacia abajo: allí estaba, completamente destrozado, mi coche o lo que quedaba de él; al parecer, tras impactar contra el suelo, había ardido. Tardé unos minutos en llegar hasta él. El olor a quemado, unido a la alta temperatura, era insoportable; nada de lo que había guardado en su interior se había salvado a excepción de algunas herramientas metálicas. Hice un hatillo con un trozo de mi camiseta y me las eché al hombro. Me esperaba un duro camino.

Aullidos

Caminé lo más rápido que me era posible, deteniéndome solo para beber un poco del agua que a veces se acumulaba entre las grietas. Un sonido estremecedor, como un lamento, surgió de las entrañas de la tierra y me preparé para lo que en pocos segundos sucedería: todo el suelo a mi alrededor, hasta donde alcanzaba la vista, crujió y se desgarró provocando que unos instantes después se formasen nuevas y enormes fisuras, montículos de roca y dunas que parecieron surgir de la nada, y algunos árboles de formas imposibles que se inclinaron en posturas aún más increíbles. Cada pocos días nuestro planeta parecía querer recordarnos quién tenía la última palabra y que los pocos humanos que habitábamos en él vivíamos solo porque lo permitía.

Conseguí mantenerme en pie a duras penas. Un minuto más tarde se hizo de nuevo el silencio. Tenía que seguir y entretenerme lo menos posible: en unas ocho horas oscurecería y los malditos hojalatas