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John Reed (Portland, 1887 - Moscú, 1920). Fue testigo excepcional de los acontecimientos que cambiaron el rumbo de la historia en la primera mitad del siglo XX. Acompañó a Pancho Villa durante la revolución mexicana como corresponsal de guerra y viajó a lo largo de todo el frente oriental durante la Primera Guerra Mundial. En Petrogrado (hoy San Petersburgo) presenció el II Congreso de los Sóviets de Obreros, Soldados y Campesinos de toda Rusia, que coincidió con el inicio de la Revolución de Octubre. Al regresar a Estados Unidos, fundó el Partido Comunista de Estados Unidos. Fue acusado de espionaje, se vio obligado a escapar de su país y a refugiarse en la Unión Soviética, donde murió el 17 de octubre de 1920. Le enterraron en la Necrópolis de la Muralla del Kremlin, en Moscú, junto a los más notables líderes bolcheviques.

 

 

Alberto Gamón (Alcañiz, 1974). Desde 1995 se dedica a la ilustración en diferentes campos. En el ámbito infantil ha ilustrado varios libros. Siendo uno de los ilustradores seleccionado para la exposición ILUSTRÍSIMOS. PANORAMA DE LA ILUSTRACIÓN INFANTIL Y JUVENIL EN ESPAÑA 2005 (Bolonia, Italia). Entre sus publicaciones: Operación J (Diálogo, 2003), Un mar de mundos (Thule Ediciones, 2006), 40 Elefants Mariners (obra colectiva, Instituto Municipal de Cultura de Meliana, 2007), Problemático lo acuático (Editorial Cidcli, México, 2008), Paper Work (Imaginarium, 2009), 27 palabricas (obra colectiva, 2009), 10 buenas ideas (Imaginarium, 2010), Seis Leones (Editorial Cidcli, México, 2010). Asimismo es el autor y el ilustrador de Cinco músicos en el quinto pino, editado por Apila en 2012 para conmemorar su quinto aniversario. En los últimos años, también realiza talleres de ilustración para niños y adultos, y colabora en varios proyectos educativos.

 

 

 

Título original: Insurgent Mexico (1914)

 

© De las ilustraciones: Alberto Gamón

© De la traducción: Íñigo Jáuregui

Edición en ebook: septiembre de 2020

 

© Nórdica Libros, S.L.

C/ Fuerte de Navidad, 11, 1.º B

28044 Madrid (España)

www.nordicalibros.com

 

ISBN: 978-84-18067-09-9

 

Maquetación: Victoria Parra

Corrección ortotipográfica: Victoria Parra y Ana Patrón

Composición digital: leerendigital.com

 

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

 

México insurgente

 

 

CubiertaEn 1910, Pancho Villa lideró una rebelión contra los terratenientes ricos y luchó para redistribuir la tierra a los pobres mexicanos que la trabajaban para los propietarios, en lo que se llamó «la primera revolución socialista». Originalmente publicado como una serie de artículos periodísticos para el Metropolitan Magazine, México insurgente es la crónica de la Revolución mexicana, escrita por John Reed mientras vivía con los rebeldes mexicanos, siendo amigo de Pancho Villa y luchando contra las fuerzas del Gobierno mexicano. El ilustrador Alberto Gamón nos acompaña con su genial trabajo gráfico al México de comienzos del siglo XX.

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Índice

 

 

Portada

México insurgente

Una confesión preliminar

En la frontera

PRIMERA PARTE. LA GUERRA DEL DESIERTO

1. La región de Urbina

2. El león de Durango en su casa

3. El general marcha a la guerra

4. La tropa en marcha

5. Noches blancas en La Zarca

6. ¿Quién vive?

7. Una avanzadilla de la Revolución

8. Los cinco mosqueteros

9. La última noche

10. La llegada de los colorados

11. La huida del míster

12. Elizabetta

SEGUNDA PARTE. FRANCISCO VILLA

1. Villa acepta una medalla

2. El ascenso de un bandido

3. Un peón en política

4. El lado humano

5. El funeral de Abraham González

6. Villa y Carranza

7. Las reglas de la guerra

8. El sueño de Pancho Villa

TERCERA PARTE. JIMÉNEZ Y LA PARTE OCCIDENTAL

1. El hotel de doña Luisa

2. Duelo de madrugada

3. Salvado por un reloj

4. Símbolos de México

CUARTA PARTE. UN PUEBLO EN ARMAS

1. ¡A Torreón!

2. El ejército en Yermo

3. La primera sangre

4. En el vagón de artillería

5. A las puertas de Gómez Palacio

6. Los compañeros vuelven a aparecer

7. Un amanecer sangriento

8. Aparece la artillería

9. La batalla

10. Entre ataques

11. Una avanzada en acción

12. El ataque de los hombres de Contreras

13. Un ataque nocturno

14. La caída de Gómez Palacio

QUINTA PARTE. CARRANZA, UNA IMPRESIÓN

SEXTA PARTE. LAS NOCHES MEXICANAS

1. El cosmopolita

2. Valle Alegre

3. Los pastores

Agradecimientos

Promoción

Sobre este libro

Sobre John Reed

Sobre Alberto Gamón

Créditos

 

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México insurgente

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El huesped

de Isaac Bashevis Singer

 

Desde fuera llegaba el estruendo de un camión que no conseguía arrancar. Traqueteaba y jadeaba como si su alma metálica estuviera a punto de expirar. Los niños jugaban al béisbol y gritaban como locos. El aire que entraba por la ventana abierta olía a gasolina, a cebolletas y a los primeros días del verano. En torno a la luz del techo se arremolinaba un enjambre de moscas con un zumbido monótono. Por la ventana, adornada de cortinas holandesas, entró una mariposa y se posó en la mesa. Se quedó inmóvil, las alas plegadas, esperando con la calma fantástica de las criaturas cuya vida no dura más que un breve instante. Reb Berish Zhichliner, vestido con un manto de oración y unas filacterias, había ya terminado las plegarias de rigor, pero continuó entonando otras súplicas, aquellas que solo repiten los muy piadosos y los que disponen de mucho tiempo.

La barba de Reb Berish era blanca y la cara roja. Tenía cejas pobladas y bolsas dobles bajo los ojos. Habían pasado solamente dos años desde que se había jubilado de su negocio de retales. Durante cuarenta años llevó una carretilla por el Lower East Side y también por aquí, en Williamsburg. Había perdido a su esposa, a su hijo y a una hija mientras tanto. Otra hija vivía con un marido gentil en alguna parte de California. Nada le quedaba a Reb Berish salvo la pensión, una tumba en el cementerio que pertenecía a la Sociedad Sochaczew y un apartamento en la calle Clymer. Para no vivir solo, había acogido como huésped a un refugiado, un hombre que había sobrevivido a los campos, pasado una temporada en la Rusia soviética y después deambulado por medio mundo. Su nombre era Morris Melnik. Le pagaba quince dólares de alquiler todos los meses. En aquel instante todavía dormía en su habitación, que tenía una ventana que daba a la escalera de incendios.

Reb Berish lo había acogido movido más por la lástima que por los quince dólares. Morris Melnik lo había perdido todo: a sus padres, a sus hermanas y hermanos, a su esposa y a su hijo. Aun así, Reb Berish se arrepentía de haberle abierto su casa. Melnik era un insolente y un descreído, un libertino, una criatura obstinada. Hacía el payaso con las mujeres del vecindario. Mezclaba carne y leche en la misma comida. Volvía a casa a las dos de la madrugada y dormía hasta casi el mediodía. No rezaba, no respetaba el sabbat. En el instante en que Reb Berish empezó a entonar los Trece Principios de la Fe, Melnik entró en la habitación: un hombrecillo de rostro cetrino, como afectado de ictericia, y con unos pocos mechones aislados de pelo negro y gris que le coronaban la cabeza. Llevaba puestos un pijama rojo y unas zapatillas raídas. Aún no se había afeitado y en las mejillas hundidas tenía unas sombras negras. El mentón era puntiagudo, la nariz delgada y huesuda. Sus ojillos se ocultaban tras unas largas pestañas afiladas como agujas. A Reb Berish le recordaba a un erizo. Cuando abría la boca, exhibía una hilera de dientes repleta de empastes de oro.

—¿Todavía rezando, Reb Berish? —preguntó.

—Pues…

—¿A quién le reza? ¿Al Dios que hizo a Hitler y le otorgó la capacidad de asesinar a seis millones de judíos? ¿O quizás al Dios que creó a Stalin y le permitió liquidar a otros diez millones de víctimas? En serio, Reb Berish, no va a conseguir engatusar al Señor del Universo con un par de filacterias. Es un hijo de puta de primera categoría y un terrible antisemita.

Pfui —contestó Reb Berish con una mueca—. Márchese.

—¿Hasta cuando vamos a seguir llorándole y cantando salmos? —prosiguió Melnik—. He visto con mis propios ojos cómo arrojaban a un judío con un manto de oración y unas filacterias a una zanja llena de mierda. Literalmente.

La cara roja de Reb Berish enrojeció aún más. Se apresuró a acabar los artículos del credo para poder contestar a su huésped.

—Tengo una fe absoluta en que se producirá una resurrección de los muertos en el momento en que así lo disponga el Creador. Bendito sea Su nombre, y glorificada sea Su conmemoración por los siglos de los siglos —murmuró.

Cerró el libro de oraciones, pero dejó dentro el dedo índice para poder volver a abrirlo por el mismo punto después de contestar a Melnik como se merecía. Suspiró y rezongó.

—¿Puede dejar de blasfemar? Yo no le digo cómo se tiene que comportar y usted no intente darme lecciones. Viera usted lo que viera, el Todopoderoso sigue siendo un Dios misericordioso. Desconocemos Sus propósitos. Si Lo conociéramos, seríamos como Él. Se nos ha otorgado el libre albedrío, y eso es todo. Quienes arrojaron a la inmundicia a ese judío, cuya alma bendita descansará en el Trono Celestial, nunca dejarán la gehena.

—Tonterías. Palabras vacías. ¿Dónde está su alma? No existe el alma, Reb Berish. La inventaron unos holgazanes en la casa de estudios. Había en Rusia un tal profesor Pavlov, y era el peor de todos. Todo un pez gordo, como dicen aquí. Extirpó el cerebro de un perro y no halló allí alma alguna. Un cerebro es una máquina, exactamente igual que en un autómata. Metes tres centavos y te devuelve un bocadillo. A la máquina no le hacen falta tus centavos. Puedes meterle fichas de madera. Lo fabricaron así, eso es todo.

—Está comparando un hombre santo con un perro o un autómata. Debería avergonzarse, señor Melnik. Una máquina es una máquina, y el hombre fue creado a imagen de Dios.

—¡A imagen de Dios! Estuve en la cárcel de Moscú en una celda con el rabino de Bludnov. Durante siete semanas estuvimos juntos, y en todo ese tiempo no hizo más que una cosa: estudiar la Torá. Padecía hemorroides y cuando se sentaba en el orinal sangraba como un animal. En medio de la noche lo despertaban y se lo llevaban para interrogarlo. Yo alcanzaba a oír sus gritos y cuando regresaba era incapaz de andar. Lo metían de un empujón a la celda y se desplomaba en el suelo. Le reanimábamos como mejor podíamos. Tras siete semanas de tortura se lo llevaron una noche para fusilarlo.

—¿Se quejó entonces de la injusticia de Dios?

—No, siguió siendo un creyente hasta su último aliento.

Reb Berish hizo una mueca y se frotó la frente.

—Cuando se otorga libre albedrío, se otorga libre albedrío. Significa que los malvados tienen la capacidad de hacer maldades a su antojo. ¿No otorga el Gobierno aquí en la tierra libertad de decisión? Un gánster puede asesinar, asaltar, robar hasta que lo atrapan. Pero cuando lo atrapan recibe su merecido.

—Los nazis no recibieron su merecido, Reb Berish. Estuve en Múnich tras la guerra. Estaban todos allí, sentados en una enorme cervecería, colorados y gordos como cerdos, trasegando cerveza y cantando canciones nazis como desatados. Alardeaban abiertamente de la cantidad de judíos que habían quemado, gaseado, enterrado vivos, y de cuántas chicas judías habían violado. Tendría que haber oído cómo se reían. América les enviaba miles de millones de dólares y se llenaban el gaznate de bayerisches y se zampaban sus weisswurst. Las panzas casi les reventaban de placer. Cuando entré y se dieron cuenta de que era judío se pusieron como bestias. Querían acabar conmigo allí mismo.

—¿Por qué entró en un sitio como ese?

—Tenía una novia alemana. Yo me dedicaba al contrabando de oro y ella lo escondía. Trabajábamos, como se dice, al cincuenta por ciento. Y teníamos además otros negocios.

Pfui, no es usted mejor que ellos.

—¿Qué podía hacer? Las chicas judías estaban todas enfermas y amargadas. Si te acostabas con ellas no hacían más que quejarse hasta que te reventaban los oídos. Todo lo que querían era casarse y sentar la cabeza. No era mi caso. Con una chica alemana tenías lo que querías y sin jaleos. A cambio de un paquete de cigarrillos americanos podía ser tuya la viuda de Himmler.

—Hágame un favor y cállese. Si no va a dejarme rezar en paz, tenga la bondad de irse de esta casa. No hacemos buena pareja.

—No me regañe, Reb Berish. Por lo que a mí respecta, como si reza desde que amanece hasta que se pone el sol. Siga adulando a Dios, dígale lo fabuloso que es, lo bueno, lo misericordioso que es, y le preparará un segundo Hitler. Ya lo están preparando. América les está enviando aviones. Un día les entregarán también la bomba atómica. Con sus impuestos, Reb Berish, se está rearmando Alemania. Esa es la verdad.

Reb Berish se agarró la barba.

—Eso no es aún del todo verdad. Por favor, vuelva a su habitación y déjeme continuar con mis oraciones.

—Continúe, continúe. Si alguien se molesta, que se lo haga mirar.

Al profesor Charles Townsend Copeland,

de la Universidad de Harvard

UNA CONFESIÓN PRELIMINAR

Querido Copey:

Recuerdo que te extrañaba que mi primer viaje al extranjero no me animara a escribir lo que allí veía. Pero luego he visitado un país que me incitó a expresarlo en palabras y, al escribir estas impresiones de México, no pude evitar pensar que nunca habría visto lo que vi si tú no me hubieras enseñado.

Solo puedo sumarme a lo que tantos escritores te han dicho ya: que escucharte es aprender a ver la belleza escondida del mundo visible y que ser amigo tuyo equivale a intentar ser honesto intelectualmente.

Así pues, te dedico este libro sabiendo que tomarás como tuyas las partes que te gusten y me disculparás por el resto.

Tu viejo amigo,

Jack

Nueva York, 3 de julio de 1914

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EN LA FRONTERA

Abandonada Chihuahua, el ejército federal de Mercado permaneció tres meses en Ojinaga, a orillas del río Bravo, tras su espectacular y terrible retirada a través de seiscientos cincuenta kilómetros de desierto.

En Presidio, en el lado estadounidense del río, se podía trepar al tejado de barro alisado de la oficina de correos. Desde allí, tras un kilómetro y medio de bajos matorrales que crecían en la arena, se divisaba el río poco profundo y amarillento y, más allá, la pequeña meseta donde se encontraba el pueblo, claramente recortado en un desierto abrasador, rodeado de montañas peladas e inhóspitas.

Se podían ver las casas de adobe de Ojinaga, cuadradas y grises, y algunas cúpulas orientales de viejas iglesias españolas. Era una tierra tan desolada y desprovista de árboles que uno esperaba ver minaretes. Durante el día, los soldados federales vestidos con andrajosos uniformes blancos pululaban por allí cavando trincheras sin orden ni concierto, pues se rumoreaba que Villa y sus victoriosos constitucionalistas venían de camino. El sol producía súbitos destellos al reflejarse en los fusiles y espesas nubes de humo se elevaban en línea recta hacia el cielo.

Al atardecer, cuando el sol caía como la llamarada de un alto horno, pasaban patrullas a caballo en dirección a las avanzadillas nocturnas, perfilándose claramente sobre el horizonte. Al caer la noche ardían misteriosas hogueras en el pueblo.

Había tres mil quinientos hombres en Ojinaga. Eso era todo lo que quedaba del ejército de diez mil hombres comandado por Mercado y de los cinco mil que Pascual Orozco había llevado al norte como refuerzo desde Ciudad de México. De esos tres mil quinientos, cuarenta y cinco eran comandantes, veintiuno coroneles y once generales.

Yo quería entrevistar al general Mercado, pero como un periódico había publicado algo que había molestado al general Salazar, este había prohibido la presencia de reporteros en la ciudad. Envié una respetuosa petición al general Mercado, pero la nota fue interceptada por el general Orozco, que la devolvió con la siguiente respuesta:

Estimado señor:

Si pone los pies en Ojinaga, le llevaré contra un muro y con mi propia mano tendré el gusto de coserle la espalda a balazos.

A pesar de todo aquello, vadeé el río y me dirigí al pueblo. Por suerte no me encontré con el general Orozco. Nadie pareció oponerse a que yo entrara. Todos los centinelas que vi estaban durmiendo la siesta a la sombra de los muros de adobe. Enseguida me topé con un amable oficial llamado Hernández, a quien le expliqué mi intención de ver al general Mercado.

Sin preguntarme quién era yo, frunció el ceño, cruzó los brazos y me soltó:

—¡Soy el jefe del Estado Mayor del general Orozco y no voy a llevarle hasta el general Mercado!

No dije nada. Pasados unos minutos, me explicó lo siguiente:

—¡El general Orozco odia al general Mercado! No se digna a ir al cuartel del general Mercado, y el general Mercado no se atreve a ir al cuartel del general Orozco. Es un cobarde. Huyó de Tierra Blanca y luego escapó de Chihuahua.

—¿Qué otros generales no le gustan? —pregunté.

Se contuvo y, tras echarme una mirada enojada, sonrió irónicamente:

—¿Quién sabe?

Finalmente vi al general Mercado, un hombre rechoncho, de baja estatura, preocupado e indeciso, que, quejoso y fanfarrón, me contó una larga historia acerca de cómo el ejército de Estados Unidos había cruzado el río y ayudado a Villa a ganar la batalla de Tierra Blanca.

Las blancas y polvorientas calles del pueblo, donde se amontonaban el polvo y el forraje, la vieja iglesia sin ventanas, con sus tres enormes campanas españolas que colgaban de un madero exterior y una nube de incienso azul que salía de la negra puerta, donde las mujeres acampadas que seguían al ejército rezaban día y noche por la victoria. Todo aquello yacía bajo el sol sofocante y abrasador. Cinco veces se había perdido y tomado Ojinaga. Apenas quedaban casas con tejados, y los muros estaban perforados por balas de cañón. En estos cuartos desnudos y arrasados vivían los soldados, junto con sus mujeres, caballos, pollos y cerdos, capturados en incursiones por los alrededores. Había rifles amontonados en las esquinas y sacos de arena apilados sobre el polvo. Los soldados iban vestidos con harapos y casi ninguno llevaba el uniforme completo. Acuclillados en torno a pequeñas hogueras delante de sus puertas, hervían mazorcas de maíz y carne seca. Estaban casi muertos de hambre.

Por la calle mayor pasaba una procesión ininterrumpida de gente enferma, agotada o famélica, a quien el miedo a la cercanía de los rebeldes empujaba a salir de sus casas y emprender un viaje de ocho días por el desierto más terrible del mundo. Un centenar de soldados federales los paraba en la calle para robarles lo que se les antojara. Luego cruzaban el río, y en el lado estadounidense tenían que sufrir el calvario de las aduanas norteamericanas, los agentes de inmigración y de la patrulla militar fronteriza, que los registraban en busca de armas.

Centenares de refugiados atravesaban el río, algunos a caballo al frente del ganado, otros en carros o a pie. Los agentes no eran muy amables.

—¡Bájese del carro! —gritó uno a una mujer mexicana con un fardo en los brazos.

—Pero, señor, ¿por qué…? —balbució ella.

—¡Que se baje o la bajo! —gritó él.

Cacheaban de forma innecesariamente brutal y meticulosa a los hombres, y también a las mujeres.

Estando yo allí, una mujer vadeó el río con la falda despreocupadamente levantada hasta los muslos. Vestía un mantón voluminoso y abultado por delante, como si llevara algo.

—¡Eh, usted! —gritó un aduanero—. ¿Qué lleva debajo del manto?

Ella se abrió la pechera y contestó tranquilamente:

—No lo sé, señor. Puede ser una niña, o quizá un niño.

Eran días de gloria para Presidio, un pueblo perdido e indescriptiblemente desolado de unas quince casas de adobe, esparcidas sin orden ni concierto por la arena profunda y los arbustos de álamo a la orilla del río. El viejo Kleinmann, el tendero alemán, hacía una fortuna diaria equipando a los refugiados y aprovisionando al ejército federal al otro lado del río. Tenía tres bellas hijas adolescentes, a las que guardaba bajo llave en el desván de su tienda, porque un enjambre de lujuriosos mexicanos y ardientes vaqueros las acechaba como perros, atraídos desde muchos kilómetros de distancia por la fama de estas damiselas. Kleinmann pasaba la mitad del tiempo trabajando a destajo en la tienda, desnudo de cintura para arriba, y la otra mitad corriendo de un lado para otro con una gran pistola amarrada a la cintura, espantando a los pretendientes.

A cualquier hora del día y de la noche, pandillas de soldados federales desarmados procedentes del otro lado del río abarrotaban la tienda y la sala de billar. Entre ellos circulaban hombres sombríos y amenazantes con aires de grandeza, agentes secretos de los rebeldes y los federales. Alrededor, en la maleza, acampaban cientos de refugiados empobrecidos, y de noche uno no podía doblar la esquina sin toparse con una conjura o contraconjura. Había rangers texanos y soldados estadounidenses, y agentes de las compañías norteamericanas que intentaban transmitir instrucciones secretas a sus empleados en el interior.

Un tal MacKenzie caminaba de un lado a otro de la oficina de correos, lleno de ira. Al parecer tenía unas cartas importantes para las minas de la Compañía Estadounidense de Fundiciones y Refinerías de Santa Eulalia.

—¡El bueno de Mercado insiste en abrir y leer todas las cartas que pasan por sus líneas! —gritaba indignado.

—¿Pero las dejará pasar, no? —dije.

—Por supuesto —respondió—. Pero ¿cree usted que la Compañía Estadounidense de Fundiciones y Refinerías va a aceptar que un maldito cuate abra y lea sus cartas? ¡Es un ultraje que una compañía estadounidense no pueda mandar una carta privada a sus empleados! Si esto no acarrea la intervención —remató con tono misterioso—, ¡no sé qué lo hará!

Había toda clase de viajantes de compañías de armas y municiones, contrabandistas y estraperlistas; también un hombre pequeño y peleón, viajante de una empresa de retratos, que hacía ampliaciones al pastel de fotografías a cinco pesos la pieza. Corría de aquí para allá entre los mexicanos y recibía miles de encargos de fotografías, que había que pagar en el momento de la entrega y que, naturalmente, nunca podían entregarse. Era su primera experiencia con mexicanos y estaba muy satisfecho por los cientos de pedidos que había recibido. Hay que aclarar que un mexicano encarga rápidamente un retrato, un piano o un automóvil mientras no tenga que pagarlo, porque eso le da una sensación de riqueza.

El pequeño viajante de ampliaciones al pastel hizo un comentario sobre la Revolución mexicana. Dijo que el general Huerta debía de ser un gran hombre, ¡pues él tenía entendido que estaba lejanamente emparentado por el lado materno con la ilustre familia Carey, de Virginia!

La orilla estadounidense del río era patrullada dos veces al día por pequeñas divisiones de caballería, imitadas escrupulosamente por compañías de jinetes en el lado mexicano. Ambos bandos se observaban atentamente a través de la frontera. De vez en cuando un mexicano, incapaz de controlar su nerviosismo, disparaba un tiro a los estadounidenses, lo que desencadenaba una pequeña batalla, mientras los dos bandos se dispersaban por los matorrales. Un poco más allá de Presidio se hallaban estacionadas dos tropas de la Novena División de la Caballería Negra. Un soldado de color que daba de beber a su caballo a la orilla del río fue increpado desde la otra orilla por un mexicano que hablaba inglés:

—¡Eh, negro! —gritó, burlón—. ¿Cuándo van a cruzar la frontera tus malditos gringos?

—¡Chile! —respondió el negro—. ¡No vamos a cruzar la frontera! ¡Vamos a levantarla y llevarla hasta el canal de Panamá!

A veces un refugiado rico, con una buena cantidad de oro cosida a la silla de montar, cruzaba el río sin que los federales se dieran cuenta. Había seis automóviles grandes y potentes esperando a esas víctimas. Les cobraban cien dólares en oro por llevarlos al ferrocarril. De camino, en algún lugar de los desolados yermos al sur de Marfa, unos hombres enmascarados con toda probabilidad los asaltarían y les quitarían todo lo que llevaban encima.

En esas ocasiones, el sheriff del condado de Presidio irrumpía en el pueblo a lomos de un pequeño caballo pinto, una figura fiel a la mejor tradición de La chica del dorado Oeste.[1] Había leído todas las novelas de Owen Wister y sabía qué aspecto debía tener un sheriff del Oeste: dos revólveres a la cintura, una funda de fusil bajo el brazo, un gran cuchillo en la bota izquierda y un enorme rifle sobre la silla de montar. Su conversación estaba salpicada de los más terribles juramentos, y nunca pillaba a ningún delincuente. Se pasaba todo el tiempo haciendo respetar la prohibición de llevar armas en el condado de Presidio y jugando al póker. Por la noche, acabada su jornada, se le podía ver jugando tranquilamente una partida en la trastienda del local de Kleinmann.

La guerra y los rumores de guerra tenían a Presidio en un frenesí. Todos sabíamos que tarde o temprano el ejército constitucionalista llegaría desde Chihuahua y atacaría Ojinaga. De hecho, los generales federales en bloque ya habían abordado al comandante en jefe de la patrulla fronteriza para que preparara la retirada de Ojinaga del ejército federal en tales circunstancias. Decían que cuando los rebeldes atacaran, intentarían resistir por un tiempo respetable, pongamos que dos horas, y que luego les gustaría tener permiso para cruzar el río.

Sabíamos que a unos cuarenta kilómetros al sur, en el Paso de la Mula, quinientos voluntarios rebeldes vigilaban el único camino desde Ojinaga a través de las montañas. Cierto día un correo se coló por las líneas federales y cruzó el río con noticias importantes. Dijo que la banda militar del ejército federal marchaba por la zona ensayando su música, cuando fue capturada por los constitucionalistas, que tuvieron a los rehenes de pie en la plaza del mercado apuntándoles a la cabeza para que tocaran durante doce horas seguidas. «De esta manera —continuaba el mensaje—, las penurias de la vida en el desierto se aliviaron un poco». Nunca supimos qué hacía la banda ensayando a solas en el desierto, a treinta y cinco kilómetros de Ojinaga.

Los federales se quedaron otro mes en Ojinaga, y Presidio prosperó. Entonces apareció Villa sobre una loma del desierto, al frente de su ejército. Los federales resistieron un tiempo respetable —dos horas o, para ser exactos, hasta que el propio Villa, al frente de una batería, avanzó directamente hasta los cañones de los rifles— y a continuación se lanzaron en tropel a cruzar el río. Los soldados estadounidenses los llevaron a un amplio corral y más tarde los encerraron en un cercado con alambradas en Fort Bliss (Texas).

Pero para entonces yo ya estaba en México, cabalgando por el desierto con un centenar de andrajosos soldados constitucionalistas, rumbo al frente.

[1] Obra de teatro de David Belasco, estrenada en 1905 y ambientada en la Fiebre del Oro. (N. del T.).

PRIMERA PARTE

LA GUERRA DEL DESIERTO

1

LA REGIÓN DE URBINA

Un vendedor ambulante procedente de Parral entró en el pueblo con una mula cargada de macuche —se fuma macuche cuando no hay tabaco disponible—, así que fui a verlo con el resto de la población para enterarme de las noticias. Esto fue en Magistral, un pueblo en las montañas de Durango, a tres días a caballo del ferrocarril. Alguien compró un poco de macuche, el resto de nosotros le pedimos un poco y mandamos a un chico a por mazorcas de maíz. Todo el mundo encendió un cigarrillo y rodeó al vendedor formando tres filas, pues hacía semanas que el pueblo no tenía noticias de la revolución. El hombre traía rumores de lo más alarmantes: que los federales habían escapado de Torreón y venían de camino, quemando ranchos y matando a gente pacífica; que las tropas estadounidenses habían cruzado el río Bravo; que Huerta había dimitido y se dirigía hacia el norte para hacerse cargo en persona de las tropas federales; que habían matado a Pascual Orozco en Ojinaga; que Pascual Orozco marchaba hacia el sur con diez mil colorados. Pasaba estos informes con abundantes gestos dramáticos, pisoteando el suelo con fuerza hasta que su pesado sombrero entre marrón y dorado se bamboleaba sobre su cabeza, echándose el desvaído poncho azul sobre los hombros, disparando fusiles y desenvainando espadas imaginarias, mientras el público murmuraba: «¡Cielo santo!» y «¡Adiós!». Pero el rumor más interesante era que el general Urbina iba a salir para el frente dos días después.

Dio la casualidad de que un hosco árabe llamado Antonio Swayfeta iba a Parral a la mañana siguiente en un calesín, y me dejó acompañarlo hasta Las Nieves, donde vive el general. Por la tarde ya habíamos bajado las montañas hasta el gran altiplano en el norte de Durango y avanzábamos por las grandes olas de la amarillenta pradera, tan extensa que el ganado que pastaba quedaba reducido a meros puntos y acababa desapareciendo a los pies de las ásperas montañas púrpuras, que parecían estar a tiro de piedra. La hostilidad del árabe aflojó y me contó la historia de su vida, de la que no entendí palabra. No obstante, por lo que pude deducir, el meollo de aquello era en gran parte comercial. Había estado una vez en El Paso y le parecía la ciudad más bonita del mundo. Pero había más negocio en México. Dicen que hay pocos judíos en México porque no resisten la competencia de los árabes.

En todo ese día nos cruzamos con un solo ser humano, un anciano andrajoso a lomos de un burro, envuelto en un poncho rojinegro de cuadros, sin pantalones y aferrado a la rota culata de un rifle. Escupiendo, dijo ser un soldado que tras tres años de cavilaciones había decidido unirse a la Revolución y luchar por la libertad. No obstante, en su primera batalla dispararon un cañón, el primero que había oído en su vida, a resultas de lo cual se fue corriendo a su casa en El Oro, bajó a una mina y se quedó allí hasta que terminara la guerra.

Antonio y yo avanzábamos en silencio. De vez en cuando él se dirigía a la mula en perfecto castellano. En cierto momento me dijo que aquella mula era «puro corazón». El sol se detuvo un instante sobre la cresta de las montañas de pórfido rojo, y después se ocultó tras ellas. La turquesa bóveda celeste se tiñó del polvo anaranjado de las nubes. Las leguas de desierto ondulado brillaban y se acercaban bajo la suave luz. De pronto se alzó ante nosotros la sólida fortaleza de un gran rancho, como los que uno se encuentra una vez al día en aquella vasta tierra, un cuadrado imponente de paredes blancas, con torres provistas de aspilleras en las esquinas y una puerta tachonada de hierro. Se erguía sombrío y adusto sobre una pequeña colina desnuda, como cualquier castillo, rodeado de corrales de adobe. Debajo, en lo que había sido un arroyo seco durante todo el día, el río subterráneo emergía en una poza y desaparecía de nuevo en la arena. Finas hileras de humo procedentes del interior se elevaban en lo alto hacia el último sol de la tarde. Desde el río a la puerta pululaban las pequeñas figuras negras de las mujeres con jarros de agua sobre la cabeza, y dos jinetes llevaban el ganado hacia los corrales. Ahora las montañas al oeste eran de terciopelo azul y el pálido cielo, una bóveda sanguinolenta de seda acuosa. Pero cuando llegamos al gran portón del rancho, en lo alto solo había una lluvia de estrellas.

Antonio preguntó por don Jesús. Siempre se acierta preguntando por don Jesús en un rancho, porque ese es indefectiblemente el nombre del administrador. Al fin apareció un hombre de una altura imponente, con pantalones ajustados, camiseta de seda púrpura y un sombrero gris adornado con un cordón de plata, que nos invitó a entrar. El interior del muro estaba ocupado por casas de un extremo a otro. A lo largo de las paredes y sobre las puertas colgaban tiras de carne seca, junto a ristras de pimientos y ropa tendida. Tres muchachas cruzaron la plaza en fila con jarros de agua bamboleando sobre sus cabezas, hablando a gritos con la voz chillona de las mujeres mexicanas. En una casa, una mujer inclinada amamantaba a su bebé. En la puerta de al lado, otra se afanaba de rodillas en la interminable labor de moler el maíz en un batán de piedra. Los hombres, acuclillados ante pequeñas fogatas hechas con hojas de maíz y envueltos en sus ponchos desvaídos, fumaban sus hojas mientras veían trabajar a las mujeres. Mientras desensillábamos nuestros caballos, se levantaron y, rodeándonos, nos lanzaron un «buenas noches» en tono suave, curioso y amigable. ¿De dónde veníamos? ¿Adónde íbamos? ¿Qué noticias teníamos? ¿Los maderistas ya habían tomado Ojinaga? ¿Era cierto que Orozco venía a matar a los pacíficos? ¿Conocíamos a Pánfilo Silveyra? Era un sargento, uno de los hombres de Urbina. Provenía de aquella casa, y era primo de este hombre. ¡Ah, había demasiada guerra!

Antonio fue a agenciarse maíz para la mula.

—Solo un poquito de maíz —rogaba—. Seguro que don Jesús no le cobraría nada… Solamente lo que puede comer una mula…

En una de las casas negocié nuestra cena.

—Ahora somos muy pobres —dijo una mujer, extendiendo las manos—. Un poco de agua, frijoles, tortillas… Es todo lo que comemos en esta casa. ¿Leche? No. ¿Huevos? No. ¿Carne? No. ¿Café? ¡Válgame Dios, no!

Le sugerí que con ese dinero podía comprar esos productos en alguna otra casa.

—¿Quién sabe? —respondió vagamente.

En ese momento llegó el marido y le regañó por su falta de hospitalidad.

—Mi casa está a su disposición —dijo con aire espléndido, y me pidió un cigarrillo.

Luego se sentó en cuclillas mientras la mujer traía las dos sillas familiares y nos invitaba a sentarnos. El cuarto era de buen tamaño, con el suelo de tierra y un techo de pesadas vigas que dejaban entrever el adobe. Las paredes y el techo estaban encalados y, a simple vista, inmaculados. En un rincón había una gran cama de hierro, y en el otro una máquina de coser Singer, como en el resto de las casas que vi en México. Había también una mesa de patas largas y finas, sobre la que se veía una imagen de Nuestra Señora de Guadalupe, ante la cual ardía una vela. Arriba, en la pared, colgaba una ilustración procaz recortada de las páginas de Le Rire con un marco de plata, claramente un objeto de la más alta veneración.

Entonces llegaron varios tíos, primos y compadres a preguntarnos tranquilamente si fumábamos. A una orden de su marido, la mujer trajo una brasa entre los dedos y nos pusimos a fumar. Se hizo tarde. Se inició una pequeña discusión acerca de quién compraría las provisiones para nuestra cena. Al final decidieron que la mujer y, poco después, Antonio y yo nos sentamos en la cocina, mientras ella, inclinada sobre la plataforma parecida a un altar situada en una esquina, cocinaba directamente sobre el fuego. El humo nos envolvió antes de salir por la puerta. De vez en cuando un cerdo o unas cuantas gallinas se colaban desde el exterior, o una oveja intentaba pillar alguna tortilla, pero la voz enojada del señor de la casa recordaba a la mujer que no estaba haciendo cinco o seis cosas a la vez. Entonces ella se levantaba fatigosamente y ahuyentaba al animal con una tea encendida.

Durante toda la cena —cecina muy picante por el chile, huevos fritos, tortillas, frijoles y un café negro y amargo— toda la población masculina del rancho nos hizo compañía, tanto dentro como fuera del cuarto. Algunos parecían especialmente predispuestos en contra de la Iglesia.

—¡Curas sinvergüenzas! ¡Siendo nosotros tan pobres, vienen a quitarnos la décima parte de lo que tenemos! —exclamó uno.

—Y nosotros pagando al Gobierno una cuarta parte por esta maldita guerra…

—¡Cállense la boca! —chilló la mujer—. ¡Es para Dios! Dios tiene que comer, igual que nosotros.

Su marido sonrió con aires de suficiencia. Había estado una vez en Jiménez y se le tenía por un hombre de mundo.

—Dios no come —sentenció—. Los curas engordan a nuestra costa.

—¿Por qué lo dan? —pregunté.

—Es la ley —dijeron varios al unísono.

¡Y nadie podía creer que esa ley había sido revocada en México en el año 1857!

Les pregunté por el general Urbina.

—Un buen hombre, todo corazón —dijo uno.

—Es muy valiente —dijo otro—. Las balas le rebotan como agua en un sombrero.

—Es el primo de la hermana del primer marido de mi mujer.

—Es bueno para los negocios del campo (dicho de otro modo, es un bandido y salteador de primera).

Y por último, uno dijo con orgullo:

—Hace unos pocos años era un peón como nosotros, y ahora es general y un hombre rico.

Pero no olvidaré en mucho tiempo el cuerpo esquelético y los pies descalzos de un anciano con cara de santo, que dijo lentamente:

—La Revolución es buena. Cuando termine, nunca nunca más pasaremos hambre si servimos a Dios. Pero es larga y no tenemos nada que comer ni ropa que ponernos, pues el amo ha abandonado la hacienda y no tenemos herramientas ni animales para trabajar. Además, los soldados se llevan todo nuestro grano y ahuyentan nuestro ganado.

—¿Por qué no luchan los pacíficos?

—Ahora no nos necesitan —dijo, encogiéndose de hombros—. No tienen rifles para nosotros, ni caballos. Están ganando. ¿Y quién los alimentará si no plantamos maíz? No, señor. Pero si la Revolución sale derrotada, entonces no habrá más pacíficos. Se alzarán con nuestros cuchillos y nuestros látigos… La Revolución no será derrotada…

Cuando Antonio y yo nos envolvimos en nuestras mantas sobre el suelo del granero, ellos cantaban. Uno de los jóvenes se había agenciado una guitarra en alguna parte y dos voces, entrelazándose en la típica y estridente armonía mexicana de barbería, cantaban algo acerca de una «triste historia de amor».

El rancho era uno de los muchos pertenecientes a la hacienda de El Canotillo y pasamos todo el día siguiente recorriendo sus grandes terrenos, que cubren más de ochocientas mil hectáreas, según me dijeron. El hacendado, un rico español, había huido del país dos años antes.

—¿Quién es el dueño ahora?

—El general Urbina —dijo Antonio.

Y así era, por lo que vi después. Las grandes haciendas del norte de Durango, un área mayor que el estado de Nueva Jersey, habían sido confiscadas al Gobierno constitucionalista por el general, que las regentaba con sus propios agentes, y, según se decía, iba a medias con la Revolución.

Viajamos durante todo el día, sin parar más que para comer unas tortillas. Al atardecer vimos el muro de barro parduzco que rodeaba El Canotillo, con su ciudad de pequeñas casas y la vieja torre rosada de la iglesia sobresaliendo entre los álamos, a unos kilómetros al pie de las montañas. El pueblo de Las Nieves, un desordenado conjunto de casas del color del adobe con que están construidas, se desplegaba ante nosotros como una extraña excrecencia del desierto. Un río cabrilleaba, sin rastro de verde en sus riberas que contrastase con la llanura calcinada, y trazaba un semicírculo alrededor del pueblo. Cuando lo vadeamos, entre las mujeres arrodilladas que lavaban la ropa, el sol se ocultó de pronto tras las montañas al oeste. Al instante un diluvio de luz amarilla, espesa como el agua, inundó la tierra, y una bruma dorada se elevó desde el suelo, donde flotaba el ganado sin patas.

Yo sabía que el precio por un viaje como el que me había proporcionado Antonio era de al menos diez pesos, y para colmo era árabe. Pero cuando le ofrecí dinero, me abrazó y se echó a llorar. ¡Dios te bendiga, árabe excelente! Tienes razón, los negocios son mejores en México.

2

EL LEÓN DE DURANGO EN SU CASA

Delante de la puerta del general Urbina estaba sentado un viejo peón con cuatro cartucheras cerca de él, ocupado en la genial tarea de llenar las bombas de hierro corrugado con pólvora. Apuntó con el pulgar hacia el patio. La casa, los corrales y los almacenes del general ocupaban un espacio cuadrangular tan grande como un bloque de pisos, lleno de cerdos, pollos y niños medio desnudos. Dos cabras y tres magníficos pavos reales nos miraban meditabundos desde el tejado. Dentro y fuera de la sala de estar, desde donde llegaban los acordes fonográficos de La princesa del dólar, acechaba una bandada de gallinas. Una anciana salió de la cocina y vació un cubo de basura en el suelo. Todos los cerdos acudieron rápidamente, lanzando gruñidos. En una esquina del muro de la casa estaba sentada la hijita del general, mascando un cartucho. Había un grupo de hombres de pie o sentados en el suelo alrededor de un pozo, en el centro del patio. El propio general estaba entre ellos, sentado en una rota butaca de mimbre, dando de comer tortillas a un ciervo domesticado y a una oveja negra y coja. Arrodillado delante de él, un peón sacaba cientos de cartuchos de Mauser de un saco de lona.

El general no respondió a mis explicaciones. Me estrechó flojamente la mano y la retiró enseguida, pero no se levantó. Era un hombre robusto, de mediana estatura y la tez color caoba, con una barba rala hasta los pómulos que no ocultaba la amplia, delgada e inexpresiva boca, las enormes fosas nasales y los ojillos brillantes y divertidos como los de un animal. Durante al menos cinco minutos no los apartó de los míos. Saqué mis papeles.

—No sé leer —dijo de pronto el general, e hizo una seña a su secretario—. ¿Así que usted quiere venir conmigo a la batalla? —me soltó en su más bronco español—. ¡Hay muchas balas! —Permanecí callado—. ¡Muy bien! Pero no sé cuándo saldré. Quizá dentro de cinco días. ¡Ahora coma!

—Gracias, mi general, pero ya he comido.

—Vaya a comer —repitió tranquilamente—. ¡Ándele!

Un hombrecillo mugriento al que todos llamaban «doctor» me acompañó al comedor. Había sido farmacéutico en Parral, pero ahora era mayor. Me dijo que esa noche dormiríamos juntos. Pero antes de llegar al comedor alguien gritó: «¡Doctor!». Había llegado un hombre herido, un campesino con su sombrero en la mano y un pañuelo ensangrentado alrededor de la cabeza. El pequeño doctor se volvió todo eficiencia. Mandó a un muchacho a por las tijeras de casa y a otro a por un cubo de agua del molino. Afiló con su cuchillo un palo que cogió del suelo. Tras sentar al hombre sobre una caja y quitarle el vendaje, quedó al descubierto un corte de cinco centímetros de largo, cubierto de mugre y sangre reseca. Primero cortó el pelo alrededor de la herida, metiendo sin cuidado las puntas de las tijeras. El hombre contuvo el aliento, pero no se movió. Luego el doctor cortó lentamente la sangre coagulada por encima, silbando alegremente.

—Sí. Es interesante la vida de un médico —dijo mientras examinaba de cerca el vómito de sangre. El campesino estaba sentado como una piedra enferma—. Y es una vida llena de nobleza —prosiguió el médico—, aliviando el sufrimiento del prójimo.

Entonces cogió el palo afilado, lo introdujo bien dentro y hurgó lentamente por toda la herida.