Cubierta

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Sobre Alejandro Pérez Roulet

Alejandro Pérez Roulet nació en 1951, en Buenos Aires. Es psicólogo egresado de la UBA. Se ha desempeñado también en áreas de cine y televisión con su empresa productora en la realización de documentales y videos corporativos durante más de veinticinco años. Como escritor obtuvo un premio de la SADE por un relato breve y publicó su primer libro de cuentos en Venezuela “Mardeamor” que integra una serie de relatos sobre el amor y desamor en la adultez. Actualmente continúa escribiendo.

Índice

Los hechos, personajes e instituciones citados en esta novela forman parte de una ficción.

El autor no pretende comparación alguna con la realidad.

3

En el Polígono de tiro, Nina preparaba dos cargadores con munición 7.65 para entrenar con su pistola Walther PPK. Una vez dispuesta a comenzar, sonó su celular, pero lo ignoró.

La primera descarga fueron seis disparos pausados para luego verificar los impactos en el blanco. Tres de estos impactaron muy a la izquierda, mientras que el resto, cerca del centro, pero abajo. Se extrañó: estaba fallando.

Volvió a apuntar, pero bajó el arma, recordando que, a más tardar, el lunes debería darle una respuesta a Jorge. Respiró profundo; cambió el arma a su mano izquierda, con la que también había aprendido a disparar de adolescente, aunque con más dificultad.

El celular sonó nuevamente y vio que se iluminaba en medio de los disparos. Tampoco se inquietó por ver quién llamaba. Disparó dos veces, pero impactó demasiado arriba. Lanzó la pistola de una mano a otra: le gustaba hacer esto. Tomó más munición de la caja y con calma completó los cargadores. De golpe se concentró y descargó las seis municiones sin parar. Rápido, sacó un cargador, colocó el otro, y también descargó la seguidilla de disparos.

Así creía deshacerse del dolor que a veces irrumpía por la pérdida de sus padres en aquel accidente de tránsito en Italia, del que nunca se supo muy bien cómo había pasado. Rabia y tristeza se habían conjugado en esos disparos catárticos. El hogar se le había desarmado; había perdido su diosa Hestia. Volver a Buenos Aires a vivir con sus tías, por más cariñosas que hubieran sido, no le quitaba la angustia por los recuerdos de una vida distinta y especial que había tenido con sus padres y con Roberto, su hermano.

En estos últimos cuatro años estaba más estable emocionalmente, pero encerrada en su soledad, trabajo y relaciones íntimas esporádicas, y vacías la mayoría de las veces. No le traían serenidad, porque en su condición todo se hacía más difícil: alguien que se siente mujer, pero que no quiere resignar su genitalidad.

Salió del campo de tiro y se dirigió directamente a su Fiat 500. Chequeó las llamadas. Las tres eran de Laura. Se preocupó por la posibilidad de que hubiera surgido algún inconveniente en relación con su trabajo en Cancillería. Laura respondió rápido a la devolución del llamado.

—Hola, ¿cómo estás? —preguntó Laura, aliviada por el llamado.

—Hola, ¿pasa algo?

—No, no. Está todo bien, disculpame… solo quería saber si querés que almorcemos juntas; yo invito.

Nina tardó en responder. Reflexionó unos segundos, que a Laura le parecieron eternos.

—Está bien —respondió finalmente.

—¿Te parece en El Duende a la una?

—Perfecto… pero ¿estás bien, Laura? —insistió Nina, aún extrañada por el llamado, aunque también complacida por la invitación. Complacida porque veía en Laura a una mujer intuitiva, despierta, alguien en quien confiar. Pero no solo eso; también la encontraba sensual con esa frondosa cabellera, caderas anchas sin ser voluminosas y piernas fuertes. A veces, en las recepciones o fiestas de fin de año en el Ministerio (e incluso si acompañaba al Canciller en conferencias de prensa), era imposible que no miraran su escote, que sabía llevar muy bien.

Vino Merlot fue lo primero que pidieron para empezar; después vendría el menú. Pero el vino promovió un brindis mientras las miradas se encontraron. Los ojos de Laura, profundos y brillantes, se entrecerraron para sentir el sabor en su boca de aquel vino privilegiado.

—¡Qué sorpresa! —comentó Nina—. Comer con vos un sábado al mediodía fuera del contexto de trabajo. Por otro lado, está bien que me hayas llamado y encontrarnos, con todas las veces que una come sola los fines de semana. La ciudad de Buenos Aires cada vez más me parece una ciudad de solitarios, ¿no creés?

—Sí, en parte es así, aunque se tengan amigos, invitaciones. Se hizo una pausa para luego las dos hacerse al unísono la misma pregunta: «¿Estás con alguien?». Rieron ante la coincidencia.

—En este momento, no. Me cuesta: no duro, Nina. Los tipos siguen muy cerrados, pero la verdad es que es mejor así para mí. Me siento cómoda sin controles, porque todo empieza bien, pero después empiezan a joder, te quieren cambiar la vida. Ya sabrás…

—Es que ahí se arruina todo, supongo.

—Sí, exacto, menos mal que te das cuenta siendo más joven que yo.

—La experiencia la he vivido. Creeme.

Nina percibía que Laura comenzaba a estar inquieta; quedaba en silencio como si quisiera decir algo y no se animara. Aun con toda esa voluptuosidad, Nina contemplaba a una mujer tímida, vulnerable, algo que nunca había percibido.

—Nina —dijo de repente Laura. Nina asintió mientras saboreaba el vino y la observaba intentando ir más allá de sus expresiones—. Mirá, no sé qué me pasa con vos, pero es algo fuerte. Me gustás, Nina, me gustás, y no solo eso: algo más me pasa. —Nina le tomó una mano y dejó que continuara—. Yo sé de tu condición, y es la primera vez que me pasa.

—¿Entonces? —preguntó Nina tratando de que Laura hablara más.

—Tus dos aspectos…

—¿Y con eso qué? Me siento mujer, pero tengo pene y se me para, y me masturbo y también tengo sexo como hombre.

—Es solo que si bien… debo confesarte que me gustan las mujeres también…

—¿Es curiosidad que tenés? ¿Cuál es el problema? Hay hombres que se casan con transgéneros; hasta adoptan hijos.

—Es que siempre fui muy discreta; casi nadie sabe lo de mi bisexualidad, por decirlo así.

—Y está bien que lo digas y lo asumas. Es una pelotudez negarlo.

—No, no es que quiera negarlo, pero no me interesa que todo el mundo o en el laburo se sepa. Es una cuestión de privacidad.

—Te digo algo —respondió Nina con fuerza apretando su mano—: Alguien una vez te vio en un bar con una chica más joven y se corrió el rumor; ya sabés cómo es.

—Lo presentí, pero lo peor es que esto siempre me trajo quilombos en mis relaciones.

—Por eso es que no durás —le aseguró enfática Nina.

—¿Cómo es eso?

—Porque, si hay alguien que te gusta y lo podés llegar a querer, tendrías que abrirte, decirlo… Al menos así le darías chance a que también eligiera qué hacer. —Laura quedó pensativa tratando de digerir eso. De golpe, Nina se incorporó y la besó ante las miradas de solo un par de curiosos. Sin embargo, Laura, además de quedarse sorprendida, quedó tensa por la manifestación en público—. Creo que, en general, las parejas no hablan mucho de su sexualidad. Y los que están casados hace tiempo, mucho menos. Cogen y listo; mejor, peor, pero siempre debe haber algo más para descubrir. ¿Nunca te preguntaste por qué algo tan lindo y placentero puede crear en algunos tanto temor o ser tan conflictivo? Miedo al placer, a descubrir sensaciones nuevas, que para mí trascienden o al menos deberían superar la condición de normalidad, si es normal o no, si te convertís en una bizarra, lesbiana, o lo que carajo sea interpretado por la sociedad.

Nina se interrumpió y le soltó la mano a Laura.

—¿Qué pasa? —preguntó Laura advirtiendo que Nina miraba hacia la entrada.

—No te des vuelta —le ordeno Nina—. Acaba de entrar Nelson con una mujer. —Nelson, el desagradable de Auditoría Interna, la divisó enseguida y la saludó con la mano y con una risita socarrona que siempre le salía cuando la veía, mientras Laura se daba vuelta y también saludó. A raíz de la presencia del tipo jodido, Nina estuvo tentada en contarle a Laura la propuesta que le había hecho Jorge, pero prefirió callar. Y, aunque no aceptara la encomienda, mejor sería mantener el secreto para que nadie quedara perjudicado y evitar cualquier chisme—. ¡Qué justo! ¿Cómo carajo cae este tipo aquí? —rezongó Nina.

Ambas sintieron que se les quebraba la intimidad que habían logrado en la charla.

—Al menos pudo acercarse a saludar, ¿no te parece?

—Mejor que no, Laura. No nos vayamos del tema. Ahora no te puedo tomar de la mano —aclaró Nina sonriendo.

Estiró su pierna para rozar la de Laura por debajo de la mesa mientras Laura lo disfrutaba con ojos entrecerrados hasta que le dijo:

—Quiero que me cojas, Nina, que me hagas de todo. Vámonos de aquí ahora.

Las dos grandes velas iluminaban tenuemente el cuarto de Laura, bañando sus cuerpos con tenue luz rojiza, como a Laura le gustaba cuando se preparaba para un encuentro íntimo.

Sombras se proyectaban y realzaban la atmósfera de intenso erotismo en la que ambas habían sucumbido intercambiando ternura a veces y otras frenéticas posturas y oralidad.

Nina la tomó fuerte de sus nalgas trayéndola hacia sí para dejarse caer lenta sobre los pechos y boca de Laura. Sus miradas se encontraron otra vez, pero los ojos parecían cambiar de color a un negro intenso por efecto de la luz o vaya a saber por qué extraño e indescifrable impulso que los hacía insondables.

Nina la penetró una y otra vez, despacio yendo a sus pezones y boca, incorporándose levemente y dejándose caer otra vez, tomando a Laura de la cintura, apoderándose de ella como si de un súcubo se tratara, haciendo claudicar cualquier estado de conciencia normal con aquella incontrolable embestida de placer y éxtasis que parecía rozar la muerte.

Laura entreabrió los ojos y vio que Nina dormía mientras afuera anochecía y el ruido de los autos, al pasar sobre la calle mojada, marcaban espacios de silencios más cortos o más prolongados.

Laura se dirigió al baño para luego observar nuevamente a Nina, que seguía aún dormida. «¡Cuánta belleza junta!», se dijo para sí Laura, quien comenzaba a preparar café y abrir un paquete de galletitas de salvado y hacer rulos de jamón y queso en abundancia cuando vio a Nina parada en la entrada de la cocina observándola.

—¿Qué hacés?

—Preparo algo para picar.

—Qué bien viene: tengo hambre —dijo Nina aproximándose—. Pero no me quedo mucho tiempo, porque pasaré por casa antes de ir a lo de Antón.

—¿Te vas a cantar, entonces?

—¿Querés venir? —preguntó Nina.

—Prefiero quedarme en casa.

Mientras se sentaban a la mesa, Laura miró a Nina con una sonrisa mientras le servía el café. De inmediato, Nina detectó que Laura parecía complacida, hasta que le preguntó:

—¿Te sacaste la curiosidad? —A Laura no le cayó muy cómoda la pregunta—. ¿O hay algo más? —continuó Nina.

—No solo curiosidad, ya te dije, es que me gustás y me calentás. A ninguna de estas dos cosas les temo.

—¿Y a qué le tenés temor? —preguntó enseguida.

—A ir más allá con la relación.

—¿Por qué no dejás que el río corra?

Laura tomó un sorbo de café y quedó pensativa. Descubría de a poco que hasta ahí podía llegar y que, en realidad, quería estar suelta, sin amar demasiado. Caía otra vez más en sus contradicciones.

Nina comió y, mientras se servía otro café, Laura no se contuvo.

—¡Qué cuerpazo tenés! Unas piernas perfectas; sos armónica, y ni hablar de lo demás —afirmó Laura—. ¿Cómo comenzó todo?

—¿Todo qué? —preguntó Nina pero, en realidad, sabía a qué apuntaba.

—Quiero decir, ¿cómo empezaste a ser lo que hoy sos?

—En realidad, nací varón; bueno, ya se sabe, pero con el tiempo copiaba a mi madre. Sentía que eso me gustaba. Me percibía diferente. Mi problema mayor fue en el colegio. Los chicos me decían que tenía rasgos de mujercita y, más tarde, en años avanzados, hasta los profesores comentaban sobre mí. Mi madre, y a veces mi padre, iban hablar con la Dirección por causa de las peleas, pues yo me defendía bastante bien: había empezado a estudiar yudo. Además, muchos de los chicos se acercaban porque era buena en Matemáticas y pedían que los ayudara. Eso me sirvió mucho. Me escondía en casa para ponerme ropas de mujer. La preocupación de mi padre y de mi madre era evidente, y yo me sentía mal por ellos; entonces, trataba de comportarme como varón. Hasta hablaba fuerte. Pero era tan artificial que daba risa.

»Me sentía diferente cada vez más. Me sentía una chica, pero debo agradecer a mis viejos que no me hayan escondido. Me fueron aceptando; tanto es así que me sentaron a su lado un día y me dijeron que estaban orgullosos de mí, que era muy buena hija; y, además, siempre me interesó la cultura, la música, la literatura. En casa eran así, y lo más importante: me amaban.

—¿Ellos tuvieron algún asesoramiento? De un médico… no sé.

—Sí, tenían un amigo psicoanalista que venía a casa y sé que ellos hablaron de mí en aquel tiempo y los ayudó a aceptar la situación y, ojo, sin compadecerse de mí. Soy muy agradecida a mis padres por esto desde el fondo de mi corazón.

Luego vinieron los tratamientos para el crecimiento de las lolas y del culo, más todo el deporte que he hecho siempre. Hasta gané concursos de tiro.

—No me digas… —Se asombró Laura—. Es algo que siempre me hubiera gustado hacer: disparar un revólver para ver qué se siente.

—En este caso, es una pistola. Tengo permiso de portación y, justamente, cuando me llamaste esta mañana, estaba en el polígono practicando.

—Quiero disparar, quiero ver qué se siente… perdón, continuá.

—Pero la verdad es que recuerdo esa época como maravillosa. Había muchas fiestas y recepciones y, como siempre algún tarado o alguna estúpida me miraban raro, con la complicidad de Roberto, mi hermano, jugábamos alrededor, corríamos y a propósito a esos yo les pisaba el pie y me hacía la tonta. ¡Ay, perdón! Y por ahí era un alto funcionario de un país. Una vez pusimos detergente en las copas de champagne de dos idiotas. Uno apenas se mojó los labios y tuvo la copa en la mano hasta que pasó el mozo. El otro, que estaba en el grupo, se mandó un trago porque además estaba burbujeante. ¡Se puso rojo el tipo, se la bancó y no dijo nada para no quedar peor! —Nina rio—. Hacíamos esas travesuras.

»Volviendo a los tiros, dale, uno de estos días, vamos —continuó Nina complacida en recordar su infancia—. Ahora debo irme. Quiero ducharme, arreglarme y llegar a tiempo a lo de Antón. ¿Seguro que no querés venir? —insistió.

—No. Prefiero quedarme en casa: necesito estar en mi casa.

—De acuerdo, otro día.

Se abrazaron unos segundos en la despedida mientras Nina pensaba en la propuesta de Jorge, algo que le andaba rondando su cabeza de forma insistente, después que había salido de la cama de Laura. Se sentía en la obligación de complacer a Jorge por tanto que él había hecho por ella.

Seguiría planteándose el asunto más por un tema de seguridad personal, pues intuía que Nelson podría ser un tipo muy pesado, agresivo, impredecible, pero no le tenía miedo y de alguna manera él lo percibía porque Nina se hacía respetar, aunque el Desagradable gozaba con la sonrisita de mierda que le hacía en determinadas circunstancias. Pero Nina casi nunca se andaba con vueltas. Durante toda su vida había decidido rápido, aun en los asuntos personales más privados. Calculaba, analizaba, descartaba; funcionaba como una estratega para sus propios asuntos. Era práctica y, dirigiéndose a Antón Bar, ya estaba convencida de la respuesta que le daría a Jorge.

1

Llevaba puesto un vestido de lino negro sin mangas, largo hasta las rodillas, apropiado para el comienzo del calor en la ciudad. Le marcaba suave sus caderas y glúteos sin caer en la provocación. No era su intención.

Tampoco se maquilló mucho; solo apenas un toque de brillo en sus labios y algo de pintura en sus verdes ojos.

Aunque pretendía mantener una apariencia discreta, algo del orden de su personalidad era lo que la destacaba, además de su porte y el metro setenta de estatura. Con todo eso atraía las miradas, incluso las de algunas mujeres.

Dio los últimos retoques a su cabello. Tomó la cartera y se dispuso a cerrarla no sin antes haber guardado su pistola Walther PPK calibre 7.65 que su padre le había regalado cuando aún vivía en Roma mientras se desempeñaba como embajador. Por ser fanática de las películas de James Bond desde chica, se le había antojado que quería aprender a dispararla.

Fue tanta su insistencia que su padre accedió con cierta cautela y su madre, que quedaba agotada con las discusiones que provocaba la situación, terminó por resignarse.

Controló con la mirada que todo estuviera en orden antes de salir de su coqueto departamento de la calle Juncal para encaminarse hacia el Palacio San Martín y su anexo, sede del Ministerio de Relaciones Exteriores.

A paso firme saludó a Manuela y a Oscar, el matrimonio del quiosco de flores. Oscar, con mucho disimulo para que no lo viera su mujer y mientras acomodaba algunas macetas, dio una miradita a las piernas y trasero de Nina. No obstante, se dio cuenta de que Manuela lo había detectado al notar un golpe de nudillos en su cabeza con el consiguiente insulto: «¡¡¡Dejá de ser pajero!!!».

Nina llegó a la esquina de Esmeralda para doblar y quedar a pocos metros de la Cancillería, donde la esperaban los documentos y cartas de intención de su Gobierno, que debería traducir a los efectos de la visita del Vicepresidente de los Estados Unidos.

Se sospechaba en Cancillería que Laura, la directora de Prensa y Difusión, podría ser bisexual. Alguien del personal la había visto a los besos con una mujer bastante más joven en un bar de tragos, de aquellos en los que se debe ser miembro y se atiende a puertas cerradas.

Apenas vio a Nina que venía corriendo hacia el ascensor, la esperó amablemente sin dejar de mirarla de arriba abajo.

—¡Qué lindo vestido!, el lino es una tela espectacular —destacó Laura.

—Gracias, es de Toc Tienen buena ropa ahí y conozco a la dueña. Si vas, decile que me conocés. —Laura la miraba atenta a los ojos mientras Nina le pasaba la mano por el brazo, amigable—. Nos vemos, Lau, estoy con mucho trabajo hoy.

—Chau, chau —saludó Laura bajando la vista y sintiendo que su sonrisa había quedado congelada mientras se cerraba la puerta del ascensor, lamentando que el viaje no hubiera sido hasta el piso trece.

Y ahí estaban sobre su escritorio los documentos que ella misma debería supervisar, traducir y derivar a Susana Abengoa, jefa de traductores.

—¿Otra vez a traducir, mi linda? ¡Qué baile vamos a tener estos días!, ¿no? —le comentó Alfredo Vitale con modales refinados y con innegables capacidades y conocimientos que lo llevarían pronto a ascender en su escalafón. Él era empleado de planta con doce años de antigüedad, a diferencia de otros que esperaban ansiosos por llegar alguna vez a esa condición. Nina, o para algunos ácidos la acomodada de Jorge Echegoyen, coordinador de gabinete al que no dejaban jubilar, había tenido suerte. Se presumía que, si el Canciller era nombrado embajador en Washington o Ministro de Defensa (como algunos rumoreaban), Jorge sería el nuevo Ministro de Relaciones Exteriores. ¿Qué mejor cosa para Nina, que lo conocía de pequeña por ser gran amigo de su padre? No obstante, después de cuatro años de traducciones y reuniones, Nina podía darse el lujo de prescindir de esa tarea. Dicho de otro modo, no le importaría mucho dejar el trabajo o que la dejaran cesante por recorte presupuestario. Alfredo le comentó preocupado—: Nina, yo no sé qué intuís vos, ¿pero viste el ambiente que hay?

—¿A qué te referís? —preguntó Nina sin levantar la vista de sus papeles—. ¿Al recorte de personal? No te calentés ni te des manija, que nosotros no somos de la partida.

—¿Por qué?, ¿sabés algo? De cualquier modo —agregó enseguida—, si vos fueras de la partida, quedás cubierta con las propiedades que te dejaron tus viejos.

Nina levantó la vista. Lo observó; se paró para caminar hacia la cafetera y aclaró:

—Sí, pero eso no lo es todo; hasta podría arreglarme con menos.

—¡Seguro! Sos una mina inteligente y sabés muy bien lo que te conviene hacer. Ahhh… ¿cuándo vas a cantar al Antón Bar? —preguntó Alfredo mientras Nina le alcanzaba otra taza de café más caliente.

—La verdad que hace tiempo que no hablo con Antón. Sí sería bueno; extraño cantar.

—Pero no te olvides de avisarme: ese día llevo a mi sobrino y su novia, y por ahí a algún amigo.

—Sí... sí. Te aviso.

Alfredo se levantó de su escritorio con carpetas traducidas y rechequeadas, parte de los trabajos que ejercía también junto a Nina, como la planificación de tareas de traducción de misiones oficiales, asesorar al Canciller, incluso al Presidente, coordinar el trabajo de los traductores y capacitar todo esto al mando de Susana Abengoa, para algunos insoportable, para otros un mal necesario. Delgada, encorvada, de dedos y manos alargadas, con poco más de cincuenta años y con una gran velocidad para hablar, tal vez producto de su profesión. Tenía una manía de ir por los escritorios y apoyar las manos en algún cajón, incluso abrirlo y decir: «¿A ver qué tenés aquí?» delante del empleado. No le importaba, pero esa manía le duraba segundos. Todo lo hacía rápido ante la absorta mirada de quien estuviera cerca. Ya sabían que era como una tara. Alfredo comentaba sotto voce que a la jefa le faltaba sexo mientras caminaba trajeado impecablemente con camisa celeste a rayas y moñito rojo.

Alfredo era quien le sacaba las papas del fuego a Susana. Sin duda, él pertenecía al grupo de los más eficientes. Hablaba tres idiomas, era de planta permanente y solía traducir escritos, y también interpretar en forma simultánea. De alguna manera se lo disputaban.

El Coordinador de Gabinete, Jorge Echegoyen, pidió a Alicia, una de las secretarias del área, que informara al resto del gabinete de la reunión del día siguiente a primera hora.

Acto seguido, apartó los diarios que tenía sobre su escritorio y encendió su primera pipa del día. Alto y delgado, con una prestancia de lord inglés, Jorge pensaba en sus ganas de retirarse, pero a la vez se resistía: le gustaba su posición y el trato con gente importante. Además, había manejado con idoneidad muchas situaciones adversas dentro del Ministerio, como el manejo y preparación de asuntos que eran considerados de vital importancia para el desarrollo de la Relaciones Internacionales.

En una palabra, era un poco el cable a tierra del Canciller ante la ausencia del vice por razones de enfermedad. Echegoyen lo sabía y, en el fondo, creía que hubiera merecido haber sido nombrado Canciller o al menos Vice, cargo que a veces ocupaba interinamente; pero ahora, con sesenta y ocho años, ya no le importaba. Se sentía bien en esa posición y, al fin y al cabo, ser la mano derecha del Canciller no era poca cosa. Por ende, se decía a sí mismo: «Quieto, así está bien, no lo eches a perder» mientras abría más las cortinas. Se imaginó en su jardín, sentado con su mujer y sus nietos, a quienes les hablaba de mitología griega. Y en esto le iba la cualidad de gran estudioso y su obsesión por buscar arquetipos, con lo cual los chicos se divertían creyéndose y actuando como Apolo, Hestia, Hermes o Afrodita.

De pronto, alguien golpeó la puerta. La abrió a medias.

—¿Puedo, Jorge? —Era Laura Montero—. No la vi a Alicia: por eso pasé.

—Sentate —sugirió Jorge atento.

—Ocurre que me están llamando de algunos medios para saber sobre el recorte de personal.

—¡Cómo joden con eso! —se fastidió Jorge.

—Pero, además —continuó Laura—, un par de diarios publicaron sobre la posible remoción del Canciller.

—¡Carajo! ¿Quién dio a conocer esas boludeces? Si me entero de quién está en eso, mejor que se despida del Ministerio. ¿Tenés alguna idea de quién puede ser?

—Podrían ser más de uno, Jorge; es casi imposible saberlo.

—Hablá con Josefina en Auditoría… pero sé discreta. Yo me reuniré con el Canciller para proponerle una conferencia de prensa, pero sin apuro.

—¿Desmiento todo?

—No, Laura. Enviá una gacetilla informando que habrá un recorte en todas las dependencias de Gobierno y que, con respecto al Canciller, eso son rumores falsos y mal intencionados.

Se hizo un silencio corto. Laura alzó la vista, que tenía puesta en sus papeles, y le preguntó a Jorge:

—¿Estoy en la lista?, decime la verdad.

Jorge suspiró como cansado del tema, pero reconociendo interiormente que el ambiente estaba inquieto, que se respiraba un aire enrarecido.

La miró fijo.

—No, Laurita. Hay gente que, mientras esté yo aquí, no se va…

La breve relación que habían tenido Jorge y Laura hacía algunos años había quedado a un lado, ya que Jorge había elegido seguir en familia. Después de casi cuarenta años de matrimonio, no pateó el tablero como otros por una relación de la que sabía que no podría durar. Abrazó a Laura casi como padre.

—Quedate tranquila —la calmó con un tono bajo. Laura asintió con la cabeza y salió del despacho.

De inmediato, Jorge levantó el teléfono para hablar con Nina:

—¿Podrás bajar un momento?

El motivo era ver y preguntar a Nina cómo estaba y conversar de generalidades, como hacían casi todas las mañanas cuando llegaba a Cancillería.

—Voy —respondió Nina. Al llegar, saludó a Alicia—: Alicia, ¿cómo estás?

—Pasá, te está esperando —respondió con indiferencia mientras miraba cómo estaba vestida.

Jorge le hizo señas de sentarse mientras prendía su pipa.

—Nina… ¿te acordás de cuando tenías 4 años y venías corriendo y me abrazabas las piernas?

—Y no te soltaba —agregó Nina sonriendo.

—Me hiciste caer una vez en la residencia de Roma, ¿no?

—Sí, creo que sí, o en la de Londres, no recuerdo tanto. ¿Estás nostálgico, Jorge?