portada

Negro es su rostro
Simiente

Esther seligson


FCE

Primera edición, 2010
Primera edición electrónica, 2011

Imagen de portada: Estación Atocha, de Guillermo Arreola

D. R. © 2010, Fondo de Cultura Económica
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ISBN 978-607-16-0766-9 (ePub)
ISBN 978-607-16-0249-7 (impreso)

Hecho en México - Made in Mexico

Acerca de la autora


Esther SeligsonEsther Seligson es ensayista, cuentista, novelista y poeta. Nació en la ciudad de México en 1941. Estudió literatura española en la UNAM, y francesa en el IFAL; historia del arte en el ICS y pensamiento judío en el Centre Universitaire d’Études Juives (París) y en el Mahon Pardes de Jerusalem. En 1969 fue becaria del Centro Mexicano de Escritores. Ha impartido clases de historia del teatro y de pensamiento judío, y ha sido maestra en el Centro Universitario de Teatro de la UNAM desde su fundación. Asimismo, ha traducido tanto la obra del filósofo E. M. Cioran como la del poeta judío cairota Edmond Jabès. Ha sido reconocida con el premio Xavier Villaurrutia por Otros son los sueños, y el Magda Donato por Luz de dos.

Negro es su rostro

[1999-2007]

Este libro está dedicado
a Eugenia Ogarrio Calles

Mother of Time

Thou art brillant as the fires

of the final dissolution

Merciful

Vessel of mercy…

Tawny

Black of hue…

Thou who art black as a bank of cloud

And bearest the crescent moon…

Destroyer of fear…

O Beautiful One…

Allayer of sufferings

To Thee I make obeisance.

Mahānirvāna Tantra. Adyākālī

Mandala

[1999]

Para Enriqueta Ochoa

Tú me apretaste con tan estrecho abrazo

que me deshice en llanto

silencioso

En Tu pecho Madre

azul me derramé, asida al seno

en la boca hervía

el Amor

Mece Madre a esta creatura Tuya

que la orfandad no trunque las ramas

que hacia Ti se estiran

Cuelga ahí Tu generosa cuna,

elévame,

que Tu palabra

me siembre      pájaros

Mira: febrero empieza y ya

azulean las jacarandas

con el añil de Tu rostro

incandescente paseas en las calles y jardines

Tu júbilo inunda

a esta ciudad desamparada

Agradecida llevo

la sed de Tu Infinito

Cae la noche, se sosiega

y nace el día para saciarla

Tu él que me habita en Tu Ella se deleita

Pulsa las cuerdas de mi corazón: oirás el

nombre

con que Te invoca

Camino, huérfana ya, y mortal

Tres cuartas partes de mi vida sujetas a

un montón de verbos en pretérito

¿Acaso el último cuarto

no Te pertenece?

Madre, yo soy Tu morada,

pisa en ella el tierno vino

del Amor.

De pie, a mi izquierda, sentí a Tu Ángel

silencioso.

¿Qué habré de decirle con mi voz cascada?

—Mi pecado es la soberbia y no acabo

por entregarme en un colmo de dulzura

No separes, pues, mi cabeza. Aún puede en ella

abrirse el Loto. Dispón de mí, no obstante,

aunque no esté dispuesta,

aunque tiemblen las luces

que no alcanzo a serenar.

La orfandad es un extraño peso que me habita

y tengo miedo:

por primera vez

se estremece mi suelo errante

la soledad

En el centro de Tu mano el As de Copas y yo

colgada en el meñique de la infancia,

rama florida de almendro

en un vaso ámbar,

cristal cortado con las imágenes de un sueño

en el que Me abrazas,

Madre,

y me deshago en llanto…

México, febrero de 1999

En su desnuda pobreza

[2000]

In memoriam
Irma Dávalos Pardo

Le plus petit caillou

est baigné d’infini.

          Edmond Jabès

Sin ti es incomprensible,

demasiado vasto, Madre,

el ímpetu, la fisura,

la inocencia

la fidelidad ¿cómo?

la duda incluso

Madero para la flor

cobijo en la piedra

sé mi lecho a la hora del crepúsculo

espuma para cubrir mis ojos

no me ahogue el temor al hundimiento

o venga a moverme

la visión de un recuerdo

el grito jubiloso de un niño

a orillas del mar

A orillas del mar

Madre

ahí recoge la ofrenda de mis huesos,

ceniza púber,

el mar que tanto amamos

niñas de largo cuerpo y voz delgada

—cuánto anhelo de crecer—

entonces, en verdad,

éramos libres de arrullar los sueños,

locuaces,

modelábamos castillos

entre la arena escurridiza

—¿quién no vivió su infancia imaginando?—

buganvilias en el cabello

para las noches de luna

en la boca el sabor de la naranja dulce

“Habrá lluvia de estrellas”

anunciaron

pero el día amaneció nublado

a orillas del mar, Madre,

durante horas

celé a una gaviota

qué envidia de sus alas

giros suaves

el horizonte a su arbitrio

dueña del aire y a merced de su oleaje

Después

nos reencontramos bajo diversos cielos

idéntica la nostalgia de su vuelo

mi cuerpo atado a tierra firme

Sin ti, Madre,

el mar nos sobrepasa

el amor, el llanto mismo

no reposa una ola tras

otra

tupido a ras del agua las crestas se abisman

y el mundo se inclina

ante las mareas

Vivir es un dolor constante

sosegado

cuántas veces mudo

imperceptible su vaivén

a fuerza de goteo

La más pequeña piedra está bañada de infinito

afirmó el poeta

Piedras de río avienta el mar

y yo las conservo

de cualquier parte:

en su desnuda pobreza

aspiro al cumplimiento

bastará una sola donde

se encuentre mi tumba

una para recordar a mi madre

una le bastó a mi padre

“¿Cómo se arma un libro?”

—Igual que un barco,

le respondí a mi nieta,

requiere de muchas travesías

de algún naufragio

tocar puertos seguros

una tempestad de tanto en tanto

marineros solidarios

paciencia inquebrantable

no separar la realidad del espejismo

el monstruo marino de las aves

las islas del continente

saber que nada es similar

creaturas diversas y hermanas

mucha plegaria por equipaje

y al timón la providencia

Tu mano, Madre,

protección y dádiva

sobre los hombros vencidos

la espina rota

el corazón vacío

¿qué otra brújula si no?

¿qué otro sextante?

Un libro es menos

que la hoja de un árbol

mayor que el humano aliento

madura como un sol de mediodía

como una luna en plenitud

se desmigaja fácilmente

mas nunca dejará

de atesorarlo una hormiguita

Sin ti es incomprensible,

el misterio, Madre,

la existencia

cada elección un agobio

cada gesto impropio

y el amor nos destruye

Madre,

ayúdame a aceptar

cúbreme con el signo de la fe

y extiende tu sombra fresca

sobre el ardor de mi impaciencia

A orillas del mar

perdonaré mis faltas

los fuegos no encendidos

la llama que apagué

a sabiendas compasiva

inmolaré los ídolos

que bifurcaron mis caminos

sencilla

con la vestidura de una flor

rendiré cuentas

mi voz

como el lamento del grillo

alabará, Madre,

la misericordia de Tus obras

entonces

recogerás la ofrenda de mis huesos…

México, febrero de 2000

Alba marina

[1995-2005]

In memoriam
Adrián Joskowicz Seligson

¡Cuánto pasado para llegar aquí!             

Para poder estar de pie junto a las cosas

y decir                                                         

—Mi corazón se espiga frente al mundo 

como una inmensa lágrima caliente.       

Enriqueta Ochoa,
“Las urgencias de un Dios”