PRÓLOGO

Abordar la creación de una obra literaria es una tarea ingente. Todo escritor se enfrenta a un reto de notables proporciones, y cuando se sumerge en la aventura creativa, es difícil vislumbrar la dimensión del trabajo que tiene por delante. Si además se trata de la primera obra, a veces sorprende que un escritor novel logre resolver de forma airosa esta difícil cruzada.

Confesor es uno de esos casos. No solo plantea un dilema moral interesante, un asunto de actualidad que sorprende por la reacción social que previsiblemente provocaría, sino que además estamos ante una completa novela policíaca, o negra, dependiendo del prisma con que se observe.

Se ha escrito mucho sobre la diferencia entre ambas, y tal vez se ha encontrado la unanimidad en el hecho de que la novela policíaca necesita para ser tal un crimen cuyo autor es desconocido, y un detective que trata de descubrir al culpable. Y ello a través de unos personajes que casi siempre se enmarcan en un escenario estático en cuanto a la conducta de los mismos. Sin embargo, la novela negra proporciona una mirada más profunda al mundo de la criminalidad y la delincuencia. Este subgénero narrativo ha alcanzado cotas muy significativas en las últimas décadas, porque indaga en la contextualización humana y social del hecho criminal, al tiempo que permite dibujar personajes realistas, con matices, dudas y contradicciones.

Por tanto, circunscribir la obra de José Alberto Callejo al género policial, o incluso hablar de ella como una novela negra, sería quedarse corto. Desde luego, se ve el deseo del autor de cumplir fielmente con la labor de documentarse, de no fallar en el principio básico de dibujar a fondo los perfiles de los personajes, sus conductas, su modo de proceder. Confesor es una obra en la que la mayoría de los protagonistas son guardias civiles, con sus jerarquías, sus procedimientos, y todos son creíbles y sirven al propósito de la novela.

Sin duda, el protagonista principal es el que proporciona el nombre a la obra, el Confesor, y es precisamente este personaje el que permite al autor dotarla de una vertiente distinta, muy actual, que le hace superar la barrera de lo policial o negro, hasta alcanzar las cotas propias del libro de intriga. Y por todo ello, más allá de la barrera imprecisa entre géneros, surgen en el mercado literario de vez en cuando híbridos interesantes, que consiguen que los lectores se entreguen a su lectura. Este es nuestro caso, porque José Alberto Callejo ha conseguido que todos los elementos de la obra estén subordinadas a un fin: que el lector lo pase bien, y no solo por la trama oscura de hechos inauditos, sino sobre todo por la crítica social que encierra, o bien el dilema, porque a todos los lectores les resultará difícil discernir si estamos ante un Confesor héroe o más bien ante un Confesor villano. Incluso nos hará preguntarnos si haríamos lo mismo, o al menos si lo aprobaríamos, si la conducta de alguien que somete a su particular interrogatorio a criminales reconocidos a los cuales la justicia tiene problemas para poner entre rejas, es reprobable, o tal vez digna de vítores.

La novela despliega su contenido a través de una estructura narrativa lineal, de corte casi cinematográfico, y ello contribuye a que el lector conforme su propia idea, saque sus propias conclusiones. Y además, lo hace de una forma sugerente, llevando al lector en volandas hacia el final, tirando de él en cada capítulo.

En definitiva, estamos ante la obra de un autor que, a través de este debut literario, de esta novela creíble y actual, nos hace pensar que va a continuar escribiendo, creando historias y entreteniéndonos.

Póngase cómodo y prepárese para entrar en un apasionante libro.

 

MIGUEL RUIZ MONTAÑEZ*

 

 

 

* Miguel Ruiz Montañez es autor de: “La Tumba de Colón”, “El Papa Mago” y recientemente de “El país de los Espíritus”. Sus novelas han sido traducidas a más de 10 idiomas.

“Todo Santo tiene un pasado

y todo Pecador tiene un futuro”

Oscar Wilde

1

Lunes 7 de septiembre, 09:28 horas.
Dirección General de la Guardia Civil
Acceso principal; puerta de la calle Guzmán el Bueno
Madrid

La alarma del escáner de alta seguridad que analizaba la correspondencia y paquetería comenzó a pitar de forma intermitente. El tono estridente y profundo era similar al de las alarmas militares previas a un bombardeo. Segundos después, en la parte superior de la estructura, se iluminó una pequeña luz de aviso giratoria de color rojo.

La pantalla del ordenador se bloqueó congelando la última imagen del paquete sospechoso. Un mensaje sobre fondo negro en letras amarillas empezó a parpadear:

¡Peligro, posibilidad de explosión!

Todos los civiles que estaban en la recepción se quedaron petrificados cuando se activó la alarma. Aquellos instantes se hicieron larguísimos para las doce personas que se encontraban allí. Pocos movimientos, solo cruces de miradas de terror. Cuando por fin reaccionaron, salieron corriendo despavoridos.

Uno de los tres guardias civiles que estaban al frente de la oficina activó la alarma general del recinto y salió apresuradamente a la calle. Debía evitar que nadie accediera por esa puerta.

El segundo guardia se aseguró de que no hubiera quedado nadie en el patio interior. El tercero se lanzó a detener al mensajero que había colocado el paquete en el escáner y que había salido corriendo al activarse la alarma. Este no opuso resistencia, de hecho se entregó en cuanto escuchó a sus espaldas la orden de detenerse; por el rabillo del ojo había visto cómo el agente se dirigía corriendo hacia él.

Cerca de quinientos guardias civiles abandonaron su puesto de trabajo y comenzaron a desalojar el cuartel por las cuatro puertas de emergencia. El miedo se podía oler en el aire. Ríos de personas surgían de cada pasillo en dirección a las salidas de emergencia. La mayoría lo hacía con rapidez pero con el debido orden y sin agolparse. Se notaba la disciplina que deja la formación policial y militar. Hubo pocos casos de pánico durante el desalojo. Solo dos mujeres muy jóvenes y un guardia civil retirado que tuvieron que ser auxiliados por sus compañeros debido a un ataque de ansiedad.

Una vez fuera del recinto, el caos se extendió a las calles colindantes, invadidas por aquel medio millar de personas, más el desconcierto del resto de los peatones que pasaban a esa hora por aquella zona.

En pocos minutos se puso en marcha el protocolo de seguridad para que acudiera un equipo del tedax.[1] No tardaron ni diez minutos en llegar con todo lo necesario para desactivar o explosionar el paquete bomba.

Después de valorar la situación, el coordinador del equipo de artificieros dio la orden de no desalojar los otros edificios del recinto, de momento. Por el tamaño del paquete dedujeron que no podría provocar daños graves en el resto de las instalaciones, aunque fuera un explosivo potente, ya que existe una distancia considerable entre los edificios. Sin embargo pidieron que todo el mundo estuviera atento a nuevas órdenes.

El edificio principal y el contiguo ya estaban vacíos. Los artificieros esperaron cinco minutos más a que un par de agentes de apoyo se asegurasen de que no quedaba nadie dentro. Mientras tanto, los tedax comenzaron a planear la ubicación de los artefactos antiexplosivos.

Era la segunda vez que recibían un paquete bomba en dos semanas. El primero, que llevaba muy poca cantidad de material explosivo, había detonado dentro del escáner, hiriendo de forma leve a uno de los guardias de turno y dañando seriamente la valiosa máquina. Aun así, no estaban totalmente seguros del alcance de aquel nuevo envío, hasta no verificar el tipo de explosivo que contenía la caja.

Quince minutos después, las calles que rodeaban el recinto quedaron cerradas al paso por una veintena de patrullas de la Policía Nacional y de la misma Guardia Civil.

Siendo lunes y a esa hora de la mañana, las calles colindantes estaban muy concurridas ya que en esa zona se encuentran la Agencia Estatal de Administración Tributaria, un edificio de Loterías y Apuestas del Estado, la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Comunicación, un estudio de la televisión pública y la Gerencia del Catastro. Cerca de veinte mil personas trabajando en solo cien metros a la redonda, lo cual contribuyó a generar más caos.

Un equipo de cuatro artificieros, ayudados por tres guardias civiles, comenzó a precintar rápidamente con una cinta roja un perímetro de diez metros desde la entrada principal. A continuación colocaron un segundo precinto a veinte metros de distancia con una cinta amarilla. Los tres agentes controlaban el acceso ya que solo los artificieros podrían acceder a la zona roja. El resto de oficiales debía permanecer en la zona amarilla.

En la entrada principal el silencio era aplastante. Solo se escuchaba el ligero murmullo de la multitud que se alejaba para resguardarse en el parque Santander, el zumbido de los helicópteros que se acercaban a la zona y alguna orden corta a través de un walkie.

Todo el personal estaba a la expectativa de lo que iba suceder.

1 Artificieros del servicio de desactivación de explosivos. Expertos en desactivación de bombas y artefactos explosivos que se encuentran de guardia permanente en uno de los edificios contiguos.

2

Lunes 7 de septiembre
El confesionario
En algún lugar de España

—Ave María Purísima…

Unos segundos después:

—Ave María Purísima…

Minuto y medio después:

—Ave María Purísima…

Cuando Antonio comenzó a recobrar el conocimiento sintió su cuerpo totalmente inmovilizado. En los músculos de sus piernas notaba una tensión extraña: estaban medio adormecidos. Una fuerte presión en su pecho no le dejaba respirar bien y no veía casi nada.

Sus ojos tardaron unos minutos en adaptarse a la poca luz que entraba por una pequeña ventana ubicada en el lado derecho del habitáculo. Se dio cuenta de que estaba sentado en una especie de silla de madera maciza y gruesa. Olía a biblioteca antigua e incienso y se percibía humedad en el ambiente.

Una vez que su visión se adaptó a la semioscuridad se dio cuenta de que estaba dentro de un confesionario. Aún continuaba un poco aturdido por los sedantes. Su nerviosismo se disparó cuando se dio cuenta que estaba dentro, en el mismo lugar donde suelen sentarse los curas.

Había estado en muchos confesionarios durante su infancia y adolescencia. Sus padres eran muy católicos y durante años le obligaron a asistir a misa los domingos y a confesarse una vez al mes.

El confesionario era muy antiguo y espacioso, de madera tallada y cerrado por tres de sus cuatro lados. Una gruesa y añeja cortina de color burdeos tapaba el único lateral abierto por donde accedían los curas.

Estaba completamente sujeto del cuello para abajo. Tenía las manos atadas con cinta adhesiva y colocadas por detrás del respaldo de la silla. Su pecho estaba sujeto a la parte alta del respaldo con muchas vueltas de la misma cinta y tres amarres de cuero desde el pecho a la cintura. Sus pies estaban sujetos entre sí atados a las patas traseras de la silla, de tal manera que las puntas de los pies apenas rozaban el suelo. Aquello le ocasionaba una sensación incomoda de estiramiento extremo en los músculos superiores de las piernas.

La voz paciente lo devolvió a la realidad:

—Ave María Purísima…

Unos segundos más y de nuevo la réplica:

—Ave María Purísima… Antonio, ¿has despertado?

—¡Sí, hijo de la gran puta! —balbuceó—. ¡Estoy despierto, y cuando me sueltes y me entere de quién coños eres te voy a matar, cabrón de mierda! —gritó aún medio aturdido y con la voz ronca, típica de quien se acaba de despertar.

No podía ver el rostro de su confesor, solo distinguía su silueta. Aquel debía de ser el cura hijo de puta que lo había encerrado en esa especie de jaula para perros.

—Entiendo tu rabia.

—¿Qué coño quieres de mí? ¿Dinero? ¿Es eso lo que quieres? —preguntó el apresado con exceso de soberbia.

—Antonio, te repito que entiendo tu rabia —dijo en tono paternal la voz que le hablaba desde el otro lado del confesionario—, pero estás aquí para encontrar la paz. Y sobre todo para darla.

—¡Ni paz, ni pollas! Dime, ¿cuánto cuesta mi libertad? —Su rabia llenaba todo el habitáculo.

—No te equivoques, no necesito dinero. Quiero datos. —La voz paternal adquirió un tono de firmeza.

—¿De qué coño quieres datos?

El apresado se violentó. Su cuerpo ya reaccionaba mejor y la adrenalina empezó a hacer efecto sobre sus músculos. Entonces comenzó a moverse con fuerza intentando romper sus ataduras. Pero el esfuerzo fue inútil; en un par de minutos acabó completamente agotado. Durante ese tiempo, la voz no hizo más que rezar en un murmullo.

—¿Ya se te pasó el enfado, Antonio? —No recibió contestación, solo un gemido de rabia al otro lado de la cortina—. Bien, volvamos a empezar —continuó—. Créeme, tengo todo el tiempo del mundo.

—¿Qué quieres saber? —contesto Antonio jadeando.

—Te voy a dar la última oportunidad, por las buenas, de que confieses tus pecados —puntualizó con autoridad—. Que me digas en qué banco suizo depositaste el dinero que estafaste a todas esas buenas personas, gente a la que robaste los ahorros de toda una vida de trabajo.

Se hizo un silencio. Solo se escuchaba la respiración de ambos; la de Antonio más corta, rápida y sonora. Él mismo podía escuchar el fuerte latido de su corazón. Su instinto de supervivencia le hizo afinar sus sentidos. Se dio cuenta de que en la parte inferior de la ventanilla había un pequeño micrófono. Aquel no era un confesionario normal. El terror lo invadió. Entendió perfectamente de qué iba todo aquello. Su captor tenía demasiados datos sobre él.

—¡No tengo ni puta idea de qué me hablas! —dijo fingiendo una gran seguridad.

—Piénsalo bien, es la última oportunidad que te doy. Después todo será dolor y sufrimiento. Créeme, al final acabarás confesando tus pecados —sentenció con dureza.

—¡Vete a tomar por culo, cabrón! ¡No tienes huevos de sacarme ni una puta palabra, cura de mierda!

—Tú mismo hijo, tú mismo…

La vieja cortina de color burdeos se abrió y apareció una mano enfundada en un guante de látex portando una jeringuilla. Le inyectó una sustancia en la pierna derecha. Antonio se desvaneció en pocos segundos mientras continuaba forcejeando con sus ataduras.

Al abrir los ojos de nuevo pudo comprobar que continuaba en el confesionario. Sintió una sensación similar a la vez anterior pero ahora su cabeza y su cuello también estaban inmóviles. Volvió a tardar un poco en acostumbrarse a la penumbra. Una nueva cinta lo sujetaba por la frente al respaldo del asiento. Otra cinta que pasaba por su cuello rodeaba un collarín ortopédico de almohadilla sujetándolo con fuerza a la altura de la garganta e impidiendo que la tensión de la cinta lo ahorcara. Podía respirar aunque con dificultad.

Sintió una presión excesiva en las fosas nasales, que le provocaba un dolor nuevo e incómodo. De pronto un foco de bajo voltaje iluminó de forma tenue el confesionario y pudo ver el interior con claridad. Unos tubos de plástico, similares a los de las botellas de suero, salían de sus fosas nasales y continuaban unos treinta centímetros más abajo. Allí conectaban con una pieza plástica con forma de Y, volviendo a unirse a otro tubo que subía hasta la boca de una botella colgada boca abajo. Esta pasaba por una polea rudimentaria de madera y latón ubicada en la parte más alta del confesionario. Le pareció reconocer la marca de gaseosa de la botella, sin embargo el liquido no era trasparente, no pudo apreciar el color en la semioscuridad del confesionario, solo que era turbio.

El miedo le hizo reflexionar sobre qué más podría tener metido en su cuerpo. Hizo un reconocimiento mental de toda su anatomía intentando identificar cualquier otro objeto extraño, pero solo sintió la presión de los tubos de plástico metidos en sus fosas nasales.

—Ave María Purísima…

La voz volvió a surgir de la ventana del confesionario. Cuánta tranquilidad trasmitía cuando iniciaba la confesión, con qué serenidad respondía a cada improperio que él lanzaba, pensaba Antonio Bustos. Comenzó a sentir pánico, pero no pensaba doblegarse fácilmente.

—Antonio, es la última oportunidad que te doy antes de que sufras de verdad. ¿Quieres confesarlo todo?

Con la voz gangosa debido a los tubos que tenía introducidos en la nariz, le respondió:

–—¡Primero muerto! –—con ira desmedida.

—Muy bien, no digas que no te lo advertí. Te he dado tres oportunidades para arrepentirte. Una en nombre del Padre, otra en nombre del Hijo y esta última, en nombre del Espíritu Santo —dijo su confesor manteniendo el mismo tono de voz, tranquilo y pacífico. Era una voz plana, pero firme.

Entonces se escuchó un ruido seco de arrastre, como el roce de los cordones de los zapatos, cuando se tira de ellos con fuerza. La botella comenzó a subir lentamente mientras sonaba el chirrido de la polea de madera. Lo último que pudo ver con claridad fue el líquido subiendo hacía su nariz por las sondas mientras la botella se elevaba por el sencillo efecto de vasos comunicantes.

3

Lunes 7 de septiembre, 09:49 horas.
Dirección General de la Guardia Civil
Madrid

Los dos artificieros asignados para manipular y explosionar el paquete bomba se dispusieron a entrar al edificio. Iban protegidos con trajes antibomba de alta tecnología fabricados en Israel.

El escuadrón lo dirigía, en la distancia, el capitán Armando Talavantes, que coordinaba la operación desde el cuartel general de los tedax, en Valdemoro. Decidieron ejecutar el operativo a distancia ya que tardarían mucho en llegar hasta el centro de Madrid y el tiempo apremiaba. Había desestimado la utilización del robot antibombas dentro de la zona roja ya que no se tenían más datos del paquete. Sin embargo ordenó que lo ubicaran dentro de la zona amarilla, por si acaso.

Talavantes llevaba diez años dirigiendo la Unidad Central Operativa del tedax de la Guardia Civil. De formación militar, había participado en la guerra del Golfo, donde fue condecorado con la Medalla al Mérito por su valiosa ayuda a la hora de desactivar bombas lapa de los carros de combate y de los paquetes bomba que enviaba la guerrilla iraquí. Con poco menos de cincuenta años, tenía un cuerpo atlético, aunque no era muy alto. Siempre llevaba la cabeza afeitada al cero. De facciones muy rectas, casi cuadradas, lucía una perilla entrecana muy corta y de trazos delgados e igualmente rectos. Su voz ronca, al igual que sus facciones, era rígida. Vestía siempre con alguna prenda militar informal, como si continuara en un cuartel del desierto. A primera vista, su apariencia era la de un militar de corte duro. Era un hombre de carácter frío, tranquilo y calculador. Perfecto para realizar su trabajo como jefe del escuadrón antibombas; un titubeo podía costarle la vida, o la de muchos otros.

Los sargentos Álvarez y Beltrán fueron los elegidos para manipular el paquete bomba, por su experiencia en desactivar detonadores complejos.

Entraron caminando sigilosamente, vigilando cada paso que daban. Álvarez llevaba un inhibidor de frecuencia en la mano derecha y un pendrive en la izquierda. A primera vista, tenían el aspecto de dos astronautas, pero con trajes color verde oscuro. Al acceder tuvieron que sortear varias cajas y sobres que, al salir corriendo, los mensajeros habían soltado por el suelo.

Muy cerca del mostrador había una caja grande, muy voluminosa, similar a las que se utilizan para embalar lavadoras. La habían dejado cerca del escáner y aún estaba colocada sobre la carretilla que la trasportaba. Estorbaría un poco a la hora de maniobrar el explosivo. Mientras la rodeaban para acceder al interior del mostrador, Álvarez pensó que esa caja era enorme, tan grande como para que no la hubieran podido analizar en el escáner. Se sentó frente al aparato y Beltrán se quedó de pie, unos dos metros detrás de él.

Álvarez introdujo con mucho cuidado una llave en forma de prisma hexagonal que le permitió acceder a un programa del escáner. Tecleó un par de claves y por fin se detuvo el sonido ensordecedor de la alarma y se apagó la luz giratoria. Inmediatamente después instaló y conectó el inhibidor de frecuencia para evitar que el paquete bomba pudiera ser activado con un mando a distancia. No obstante, eso no eliminaba todo el peligro. La mayoría de las bombas que se enviaban por correspondencia también podían explotar por medio de un temporizador, o con un detonador interno que se accionaba al manipular el paquete.

Por otro lado, en el momento en que Álvarez pusiera en marcha el inhibidor, el sistema de intercomunicación que llevaba incorporado en su casco quedaría anulado. No escucharía nada hasta que sus compañeros pudieran rastrear la transmisión codificada del pendrive para enlazarla con el sistema de comunicación digital. Durante un par de minutos no tendrían comunicación con el exterior; ni de sonido, ni de imagen.

En cuanto Álvarez conectó el inhibidor, metió el pendrive e inmediatamente se iluminó un pequeño led de color rojo. Esperó unos segundos y cuando la luz se volvió amarilla exhaló un suspiro contenido con notas de optimismo. En cuanto sus compañeros localizaran una frecuencia digital adecuada, al menos podrían transmitir por audio.

Giró con cuidado la llave a la derecha hasta que sintió un ligero clic. Las puertas blindadas del escáner comenzaron a cerrarse lentamente. Se cercioró de escuchar un segundo clic, esta vez más intenso, que bloqueaba las puertas por completo. Pegó el teclado del ordenador a su cuerpo para no tener que mover mucho los brazos y evitar así cualquier vibración innecesaria.

Comenzó a teclear con suavidad hasta que por fin se desbloqueó la pantalla, que mostraba la imagen congelada del paquete sospechoso. Tenía el aspecto de una radiografía pero en colores.

—Sala de mandos, ¿me reciben? —No hubo respuesta. Después de unos diez segundos de espera, Álvarez lo intentó de nuevo.

—Sala de mandos, ¿me reciben? —Continuaba sin recibir señal. Esperó otros diez segundos.

—Sala de mandos, ¿me escuchan…?

4

Lunes 7 de septiembre
El confesionario

En cuanto la botella topó con la polea, el líquido turbio penetró en su nariz. Antonio sintió como si le metieran lava por las fosas nasales. El ardor subía con rapidez hacia la parte trasera de sus ojos y continuaba hasta la zona superior del cerebro abriendo todo a su paso. Sintió que se ahogaba y tensó todo su cuerpo endureciendo cada músculo, desde el cuello hasta los pies; se le marcaban como si fuera un culturista.

En un brusco acto reflejo su espalda se arqueó, pero los tres amarres de cuero que sujetaban su tórax le impedían desplazar su cuerpo hacia delante. Estos estaban tan tensos que dos de ellos se le clavaron entre las costillas produciendo aún más dolor.

Dos minutos más tarde sintió como si ríos de ácido le quemaran la cara. De pronto el líquido comenzó a bajar por el velo del paladar quemándole a su paso la garganta. No entendía qué podía contener aquella maldita sustancia que lo estaba abrasando por dentro. Sus alaridos eran aterradores. En ese momento su vista se nubló por completo, como si estuviera debajo del mar. Tenía los ojos inundados de lágrimas y no eran de llanto.

De repente sintió como si el cura le estuviera rebanando el cuello con un cuchillo de sierra; como no podía ver bien, estaba completamente confundido y no sabía si tenía cerca al cura o no. Lo extraño era que aún podía respirar por la boca, con esfuerzo, pero podía hacerlo. Eso le hizo pensar que no era un cuchillo rebanándole el cuello, sino el ácido que le estaba quemando por dentro. El dolor era terrible.

Segundos después sintió un par de punzadas afiladas que le atravesaban ambos oídos, como si le hundieran dos picahielos, desde el tímpano hacia el centro de su cabeza. Entonces el dolor se volvió insoportable.

Comenzó a rezar a Dios para sus adentros, con tal de que acabara su sufrimiento, consciente de que podía morir en cualquier momento.

En un momento todo se volvió negro.

5

Lunes 7 de septiembre, 09:59 horas.
Cuartel de operaciones de la Guardia Civil
Valdemoro
Madrid

En la sala de control de operaciones, el capitán Talavantes, junto con el cabo Martínez, un antiguo hacker informático reciclado en agente especial, y el sargento Núñez, experto en química de explosivos y su mano derecha, intentaban localizar la frecuencia de comunicación de Álvarez y Beltrán.

—Probando… ¿Nos escuchan? —Solo se oía alguna interferencia estática de fondo, el resto era silencio.

—Equipo, ¿nos escuchan? —El mismo resultado en otro canal.

—¿Nos escuchan? —repetían en diferentes canales con el mismo resultado.

En el muro frontal de la sala de mandos había cinco pantallas planas de cincuenta pulgadas formando una estructura semicircular. Ninguna mostraba señal de vídeo.

—Sala de mandos, ¿me escuchan? —preguntó de nuevo Álvarez.

—Te escuchamos, pero no tenemos imagen —respondió Martínez—. ¡Ya la tengo! —exclamó con euforia—. La señal se emite por la frecuencia 13.06. —Los otros dos agentes ajustaron dicha frecuencia en sus ordenadores.

Mientras, en la central de Madrid, el sargento Álvarez sonrió al ver cómo la luz del led de su pendrive se volvía azul intenso; ahora también las cámaras de sus trajes, podrían trasmitir señal de video.

En la sala de mandos de Valdemoro las cinco pantallas del panel comenzaron a iluminarse una a una. En la de la izquierda aparecía la imagen que transmitía la cámara instalada en el casco de Beltrán. En la siguiente, la del casco de Álvarez. En la pantalla central, las del sistema del escáner. Eso les permitía observar todas las imágenes en tiempo real. En la cuarta, la imagen de la cámara instalada en el techo de la recepción. Y la última pantalla mostraba los datos del programa informático de explosivos químicos que controlaba el sargento Núñez.

—Ya tenemos todas las imágenes sincronizadas —dijo Talavantes—. ¡Manos a la obra! Álvarez, pasa el escáner por el espectro de gama azul —indicó el capitán desde la sala de mandos.

—Entendido.

La pantalla se iluminó en tonos grises y azul turquesa. Esta mostraba una caja más pequeña dentro del paquete que parecía metálica.

—Álvarez, conecta el espectro ultrasónico —ordenó Talavantes.

—Sí, señor —obedeció y lo puso en marcha.

La pantalla cambió de color mostrando las imágenes del interior de la caja. Se podían apreciar unas láminas metálicas con la misma forma de las tabletas de píldoras comunes.

—Álvarez, ¿qué crees que es? —preguntó Núñez.

—Ni puta idea —respondió—. Parecen tabletas de pastillas, pero podría ser nitroglicerina o c4.[2] Ya hemos recibido antes pastillas de este tipo en paquetes bomba. —Álvarez continuó hablando—. ¿Os habéis fijado en el círculo metálico grande que sobresale?

—Sí, lo hemos visto —confirmó el capitán Talavantes—. Núñez asegura que es un cd.

—Podría ser parte del detonador. Tiene toda la pinta de ser una bomba casera —comentó Álvarez con firmeza.

—Nosotros pensamos lo mismo. Ten mucho cuidado —le recomendó, con tono de cautela, su capitán.

—Capitán, ¿y el objeto de la derecha con forma de fuelle circular? Parece que contenga algo de líquido —volvió a cuestionar Álvarez por la radio.

—Puede tratarse de un explosivo binario,[3] lo cual sería más preocupante —respondió Talavantes.

—Capitán —se escuchó decir por primera vez a Beltrán—, lo del fondo a la izquierda parece una botella de refresco, como las de dos litros de Coca-Cola.

—Eso parece, con más razón podría tratarse de un explosivo binario casero, que son aún más difíciles de manipular —aseguró Talavantes.

—Álvarez —dijo Núñez, que permanecía inmóvil frente a su pantalla—, pon el sistema en modo de cámara normal y busca la etiqueta, quiero saber a quién iba dirigido el paquete.

—Entendido —respondió este con seguridad.

Tecleó una clave y la pantalla se iluminó. Por suerte la etiqueta quedaba en la parte superior. El destinatario y la dirección estaban escritos con letra antigua y tinta negra, la típica tipografía de máquina de escribir Olivetti, en un folio blanco adherido a una caja de cartón sin anuncios. La etiqueta estaba perfectamente alineada y los cierres de embalar eran rectos, centrados casi al milímetro. A través de la pantalla la caja parecía inofensiva.

—¡Va dirigida al capitán Santiago Ybarra! —exclamó Álvarez con incredulidad.

Los tres se quedaron pensativos mirándose unos a otros. ¿Un paquete bomba dirigido a un investigador de la Guardia Civil? Aquello era muy extraño, pensó Talavantes. Su instinto le decía que podía tener cierta lógica. Ybarra era experto en resolver casos difíciles, pero ninguno que implicara terroristas, mercenarios o exmilitares peligrosos.

Talavantes descolgó el teléfono interno y pidió que localizaran al capitán Ybarra lo más pronto posible. Mientras tanto su equipo continuó trabajando.

—Álvarez, dale al espectro electromagnético —ordenó Núñez.

—Entendido, señor.

Continuaron revisando el paquete. El escáner mostraba un objeto rectangular pequeño del tamaño de una pastilla de jabón.

—Álvarez, eso debe ser lo que ha hecho saltar la alarma. Parece el espectro de un explosivo semisólido —afirmó Talavantes.

—Estoy de acuerdo. ¿Qué cree que es, capitán? —preguntó Álvarez.

—Lo vamos a verificar en el ordenador —respondió el capitán.

—¿Ninguno de los otros elementos muestra un espectro explosivo? —preguntó Beltrán.

—No, solo este —le respondió Núñez.

—Qué raro —exclamó Beltrán con tono de preocupación.

—Daos prisa, llevamos ya quince minutos aquí y esto no tiene buena pinta, podría explotar en cualquier momento —dijo Álvarez, notando la incertidumbre que se percibía en la voz de todos.

—No tardaremos mucho, pero por si acaso no os mováis ni un centímetro —respondió con energía Talavantes por el micrófono.

Núñez recortó la imagen de la sustancia que había en la caja pequeña, la colocó en el buscador y el programa comenzó a buscar imágenes similares. Medio minuto después el ordenador mostraba una coincidencia.

—Es nitrocelulosa gelatinizada —exclamaron Núñez y Talavantes con un tono que dejaba ver un atisbo de tranquilidad.

—No he oído bien. ¿Habéis dicho nitrocelulosa? —preguntó Álvarez.

—Sí —afirmó Talavantes—, la misma que en la explosión anterior.

—Entonces podemos estar un poco más tranquilos —respondió con alivio Álvarez.

—La estructura del escáner podría contener la explosión, siempre y cuando la pastilla pese menos de cien gramos —comentó Núñez mientras consultaba los datos técnicos del químico en la pantalla.

—Si explota sería el segundo que se cargan en solo quince días —soltó Álvarez con tono ácido.

La explosión anterior había dejado completamente inservible el otro escáner, y cada aparato rondaba los doscientos cincuenta mil euros.

—Álvarez, vamos a intentar calcularlo —dijo de nuevo Talavantes—. Núñez combinará las imágenes de los cuatro espectros para calcular el ancho y poder determinar el volumen y el peso del explosivo. Tened paciencia, no parece nada grave.

—De acuerdo, capitán —respondió Álvarez muy confiado.

La tranquilidad reinaba en la sala. Si el objeto explotaba sería muy difícil que causara el más mínimo daño a los dos artificieros.

—Álvarez, ¿has visto eso? —exclamó Beltrán muy sobresaltado.

Este fijó rápidamente la vista en la pantalla buscando algo anormal pero no vio nada.

—No veo nada —respondió.

—La caja grande. ¡Se ha movido sola! —dijo de nuevo Beltrán incrédulo.

—Chicos, daos prisa —bromeó Álvarez rompiendo todas las formalidades—. Beltrán se está poniendo nervioso. Dice que la caja grande se ha movido.

—Negativo —contestaron ambos con un ligero tono de ironía. El capitán Talavantes no contestó, en un intento por mantener las formas; no le gustaban las bromas en ese tipo de situaciones.

—Capitán, ¿puede revisar las imágenes? Estoy seguro de que la caja se ha movido —insistió Beltrán.

—Lo haremos —respondió el capitán un tanto condescendiente—, pero tranquilo, de momento la situación no parece grave.

Uno de los oficiales se conectó con el sistema de trasmisión de la cámara de Beltrán y rebobinó las imágenes hacía atrás.

—Daos prisa con el cálculo, por favor —pidió Beltrán un tanto nervioso—. El paquete podría explotar en cualquier momento. Acordaos lo rápida que fue la explosión anterior. Si tengo que desactivar el paquete prefiero hacerlo con tiempo.

—Ya casi está —respondió Núñez—. ¡Lo tenemos! Son cincuenta gramos aproximadamente.

—¡Joder, qué alivio! —Álvarez sabía que, aunque el paquete les explotara de frente, los trajes aguantarían sin problema la onda expansiva.

—Solo nos falta determinar qué tipo de detonador utiliza. Conecta el filtro de infrarrojos —pidió Talavantes.

—Entendido, capitán —obedeció Álvarez.

Este realizó el último reconocimiento con bastante tranquilidad. Ahora se movía con más confianza y rapidez.

—¿Qué coño es eso? —preguntó Álvarez asombrado al ver la imagen que aparecía en la pantalla—. Parecen pimientos. ¡Hay pimientos pequeños dentro de una bolsa!

—Eso parece —contestaron con asombro desde la sala de mandos.

—No veo ningún detonador, no hay cables ni conexiones. ¿Vosotros veis algo? —preguntó Álvarez.

—No. Tranquilos, estamos revisando las imágenes de cada espectro y no hay nada que pueda detonar la nitrocelulosa —les contestó Núñez, con tono de cierta tranquilidad.

—Qué raro —dijo Beltrán un poco desconcertado.

El capitán Talavantes y Núñez continuaban revisando las imágenes una por una. Mientras, el cabo Martínez estudiaba las grabaciones de la cámara de Beltrán y la del techo para verificar si la caja grande se había movido.

—Álvarez, Beltrán, tengo malas noticias —anunció Talavantes.

—¿Qué pasa, capitán? —preguntaron.

—La caja grande sí se ha movido, muy poco; lo hizo de forma regular, con un leve contorneo en su base. Beltrán tenía razón. No me gusta nada este asunto —sentenció el capitán.

Se hizo un silencio total. Las risas, el buen humor y la tranquilidad de minutos antes dieron paso al temor y la incertidumbre, en segundos. El silencio duró poco, les dio tiempo a los cinco a imaginar todo tipo de situaciones; desde una broma de mal gusto hasta lo peor…

—Señor —preguntó Beltrán—, ¿cree que la caja del escáner podría ser un señuelo y la bomba esté en la caja grande? Todo parece planeado para hacernos perder el tiempo.

—Efectivamente, eso pienso también yo. —El tono de Talavantes denotaba gran preocupación.

—¿Qué hacemos, capitán? —preguntó Álvarez. Durante unos segundos, que se hicieron eternos, todos esperaron las ordenes correspondientes.

Por primera vez Talavantes se sintió algo inseguro ante el giro que había dado la situación. Se llevó las manos a la cara y se frotó lentamente oprimiendo su rostro, tratando de encontrar una respuesta lógica. Sabía que la caja grande no podría entrar en el escáner, ni siquiera podría ser manipulada por el robot antiexplosivos. Y por el tamaño, tenía pinta de contener algo pesado y móvil. Si contuviera algún explosivo potente podría causar daños en un centenar de metros a la redonda; una verdadera tragedia, pensó Talavantes.

—Capitán, la caja se ha vuelto a mover. Esta vez sí lo he visto —les comunico Álvarez con tono de sorpresa.

—Afirmativo, lo hemos visto en la pantalla. Tenemos enfocada una cámara a la caja —respondió Núñez.

El tiempo parecía diluirse cada vez más deprisa. La situación era muy preocupante. Debían actuar con rapidez.

—Capitán, si la caja grande está llena de nitrocelulosa o de un explosivo binario, aunque sea menos potente, puede afectar a buena parte de los edificios de la zona —advirtió Beltrán.

—Lo sé, daré la orden para que procedan a evacuarla. Voy para allá; les daré instrucciones desde el helicóptero —respondió el capitán por primera vez con tono alarmante.

Llamó al coordinador de seguridad y dio la orden de evacuar todos los edificios que se ubicaran en el perímetro del recinto. También avisó por radio para que los recogiera un helicóptero en el patio del cuartel. Llegarían en menos de siete minutos. El tiempo apremiaba.

2 Explosivo plástico muy poderoso, utilizado con frecuencia en operaciones militares. Es pequeño, ligero y muy destructivo.

3 Los explosivos binarios funcionan combinando dos químicos líquidos que, por sí solos, son inofensivos pero que al mezclarse hacen que la sustancia resultante muy inestable y especialmente explosiva a cualquier movimiento brusco. Algo parecido a la nitroglicerina pero mucho más inestable y con más poder de destrucción.

6

Lunes 7 de septiembre
El confesionario

Antonio abrió los ojos lentamente sin saber por un momento dónde estaba. Todo era oscuridad. Entonces comenzó a sentir las mismas molestias en nariz, cuello y pecho. Por unos segundos llegó a pensar que estaba muerto, pero el tiempo y la penumbra le permitieron darse cuenta de que continuaba en el confesionario.

Aún tenía los tubos de plástico en su nariz. El terror que sintió al verse de nuevo en la misma situación se fue tornando poco a poco en alegría: no había muerto; le pareció que había pasado más tiempo que el de un simple desmayo.

La voz del Confesor surgió de nuevo al otro lado de la ventana translúcida del confesionario.

—Ave María Purísima…

Unos segundos más y de nuevo la pregunta:

—Ave María Purísima… ¿Antonio, estás despierto?

—¿Qué coño quieres ahora, cura de mierda? —balbuceó de nuevo con voz gangosa debido a los tubos de la nariz. Su tono era de agotamiento pero no bajó la guardia.

—Ya te lo he dicho, Antonio, quiero datos. Si me los das, tu suplicio acabará pronto. Todo depende de ti. La próxima vez será mucho más doloroso, créeme. Te voy a dejar solo unos minutos para que medites y decidas qué quieres hacer. Y por cierto, no te pongas tan gallito que te measte de miedo. Esta vez no seré tan clemente, el líquido tiene el doble de potencia. Además, he añadido un plus de dolor y ahora tal vez te cagues. Lo dicho: tienes unos minutos.

El reo se volvió a violentar, su instinto le hizo reflexionar sobre su situación: no había muerto, así que seguramente había sido un sistema de tortura químico. No notaba ninguna herida, ni sangre, ni secuela que le preocupara; solo un dolor terrible en el rostro y en la cabeza. Si continuaba allí era porque no había confesado nada. La advertencia de provocarle más dolor le preocupaba de verdad. La vez anterior había sido terriblemente doloroso y no estaba seguro de cuánto más podría resistir.

Su situación le hizo reflexionar de nuevo sobre las palabras de su secuestrador: más dolor. Hizo un reconocimiento mental de todo su cuerpo para poder identificar cualquier otro objeto extraño sujeto a él. En aquella posición y con la cabeza inmóvil solo podía ver parte de sus muslos y las rodillas. No tardó mucho en notar algo extraño; una presión soportable en los lóbulos de las orejas, pero no podía girar la cabeza para saber de qué se trataba.

—¿Qué datos quieres? —preguntó fingiendo que quería colaborar intentando así ganar tiempo para repasar su situación.

—Quiero que me digas en qué cuenta o cuentas de bancos suizos depositaste el dinero que estafaste. No quiero infligirte más dolor pero no pararé hasta que me des los datos y confieses tus delitos. Te repito que tengo todo el tiempo del mundo —arguyó el Confesor de forma pausada.

—¡Los datos te los va a dar tu puta madre! —respondió Antonio de nuevo alterado.

—Tú lo has querido…

Una nueva botella tirada por el amarre de la polea comenzó a subir. Los gritos de pánico rompieron el silencio y Antonio solo pudo escuchar sus propios alaridos durante unos segundos. Una sacudida eléctrica pasó de un oído a otro a través de las pinzas que tenía sujetas a las orejas. Entonces comenzó a tener visiones. Una imagen brillante en forma de espiral de espinas puntiagudas en blanco y negro giraba de adentro hacia afuera sin parar. Lo veía todo dentro de una cortina de electricidad estática. Sintió cómo las ondas le pinchaban el cerebro en todas direcciones. El ácido hirviente empezó a abrirse paso de nuevo en su cabeza desde la nariz hasta la parte trasera de los ojos, penetrando a su paso por todos los rincones de su cara. El dolor era insufrible. Sintió de nuevo como si le rebanaran el cuello. Esta vez era más intenso, como si fuera una sierra de carpintero. No se podía mover ni un milímetro, su cuerpo estaba paralizado debido a la intensa corriente eléctrica. Aunque no escuchaba sus propios gritos, sí podía sentir cómo su boca se abría constantemente cuando intentaba inhalar algo de aire.

Entre gritos ahogados comenzó a suplicar clemencia y le dio al Confesor todos los datos que le había pedido.